De los números de Quebec a los suburbios de Nairobi: una historia de fe y misión
Dejar una cómoda vida como contable en Canadá a los 48 años no estaba en los planes de nadie, excepto en los de Claude. En 2004, movido por un profundo deseo de ayudar y tras un giro radical en su vida profesional, cambió los balances financieros por la compleja realidad de Kibera, uno de los suburbios más grandes de África. Allí no solo descubrió que su verdadera vocación era la gestión humanitaria, sino que también conoció a Policena, una profesora keniana con quien hoy comparte su vida y su misión. En esta íntima entrevista, la pareja nos abre las puertas de su historia para hablar de fe, del impacto de la educación técnica en las mujeres vulnerables y de cómo el amor y el compromiso pueden transformar de raíz miles de vidas en Kenia.
(Entrevista original realizada en inglés, de forma presencial, en la delegación de Misiones del obispado de San Sebastián el 8 de junio del 2026)

Ivan Benko: Para empezar, cuéntame un poco de tu historia. ¿Cómo terminaste en Kenia?
Claude Delachevrotiere: Todo comenzó alrededor del año 2002. En ese momento, sentía un profundo deseo de vivir una experiencia misionera y humanitaria, aunque no tenía claro a dónde ir ni con quién. Cuando pensamos en misiones, solemos asociarlas de inmediato con congregaciones religiosas, pero ellas no son las únicas que ayudan a los más necesitados fuera de su país. En Canadá, de donde soy originario —específicamente de la provincia de Quebec—, el gobierno también cuenta con este tipo de organizaciones, además de las diversas ONG.
Visité muchas de ellas, pero la mayoría exigía compromisos cortos, de tres o seis meses, enfocados en proyectos específicos que a menudo se desarrollaban en oficinas. Eso no era lo que buscaba; mi objetivo no era simplemente viajar, sino entrar en contacto directo con otra cultura.
Al comentarle mis inquietudes al párroco de mi comunidad, me sugirió ponerme en contacto con Quebec Missionary (cuya denominación oficial en francés es La Société des Missions Étrangères du Québec-Sociedad de Misiones extranjeras de Quebec). Decidí visitarlos. Me explicaron que, aunque eran una sociedad de sacerdotes fundada en 1921 que operaba exclusivamente fuera de Canadá, aceptaban a laicos, siempre y cuando completaran un proceso de preparación.
Esta formación duraba dos años. El primer año consistía en un fin de semana al mes enfocado en el discernimiento personal, para evaluar las razones por las cuales uno deseaba dejar su país durante varios años como laico. El segundo año se centraba en la preparación cultural y en cómo reaccionar al encontrarse con una realidad completamente distinta.

I.B.: ¿De dónde nació ese deseo de conocer otras culturas?
C.D.: Es difícil precisarlo, pero desde muy joven me llamaron la atención las diferentes culturas. En Laval, la ciudad donde crecí, convivíamos con una comunidad italiana muy grande y también con muchos inmigrantes de Haití. Así que, desde mi infancia, estuve rodeado de diversidad. Quería ayudar, pero también deseaba vivir una experiencia de intercambio cultural. Cuando permaneces en tu propio país, estás en tu zona de confort, pero en otros lugares existen formas de vida distintas de las que siempre se puede aprender algo bueno.
I.B.: Entiendo. Continuemos con el proceso. Enfilas la etapa final de tu formación y…
C.D.: En mayo de 2004, tras avanzar en la formación, el superior me pidió que me preparara para ir a Honduras. Comencé a estudiar español de forma intensiva y viajé allí durante un mes como parte del entrenamiento práctico. Quebec Missionary tenía una fuerte presencia histórica en Honduras, incluso con algunos obispos en aquella época. Fue una experiencia muy grata.
Al regresar, en junio de 2004, el superior me preguntó si mi compromiso seguía en pie, recordándome que el período mínimo era de cuatro años. Le aseguré que sí y que estaba listo para volver a Honduras. Sin embargo, poco después, la dirección cambió de opinión y me informó que Honduras pasaba a ser la segunda opción; la prioridad ahora era Kenia, en África.
Mi primera pregunta fue: «¿Qué idioma se habla allí?». Cuando me dijeron que era el Suahili, confieso que me asusté un poco. Al día siguiente fui a la biblioteca a buscar libros y videos para familiarizarme con el idioma. Afortunadamente, el suahili utiliza el mismo alfabeto latino y tiene una gramática muy estructurada, por lo que no partía de cero, a diferencia de lo que habría sido aprender griego o mandarín. Se adaptaba bien a lo que buscaba. Finalmente, a finales de septiembre de 2004, con 48 años, me trasladé a Nairobi, Kenia.

I.B.: Creo que 48 años es una edad que a muchos les sorprendería para un misionero novato.
C.D.: Sí, así es. En Quebec Missionary la edad no era un impedimento; contábamos con laicos de 25, 35, 40 años e incluso matrimonios.
En Canadá yo me desempeñaba como contador público autorizado (CPA) y especialista en finanzas, pero mi intención al viajar no era ejercer mi profesión de manera tradicional, sino ayudar en lo que fuera necesario. La organización me dio tranquilidad al decirme que no me preocupara, que primero tendría un período de integración y aprendizaje del idioma, y que con el tiempo encontraría el lugar donde me sintiera más útil, ya fuera en una parroquia, con enfermos o en prisiones.
Al llegar, me instalé en un departamento junto al sacerdote encargado, ubicado justo en el corazón de Kibera, que en ese momento era uno de los suburbios más grandes de África, con cerca de 800.000 habitantes. Fue un cambio de vida radical.
Mientras estudiaba suahili, comencé a colaborar con una congregación visitando dos veces por semana a personas con VIH. En 2004, la situación era dramática; la gente moría en números alarmantes. El Ministerio de Salud local no estaba preparado para afrontar la crisis y no se disponía de medicamentos antirretrovirales de forma gratuita. Dependíamos en gran medida de médicos extranjeros, de ONG y de programas internacionales como PEPFAR, que ayudaban a suministrar los fármacos y a estructurar la respuesta sanitaria.
El gran desafío del VIH es su largo período de incubación; una persona puede estar infectada y no mostrar síntomas durante ocho o diez años, tiempo durante el cual puede transmitir el virus sin saberlo. En Kenia, la gente no acudía a los hospitales para hacerse chequeos preventivos, sino solo cuando ya estaba gravemente enferma. Cuando el nivel de células CD4 (que son las células de defensa atacadas por el virus) descendía por debajo de 200, el sistema inmunológico quedaba completamente anulado, abriendo la puerta a infecciones oportunistas, siendo la tuberculosis la más común y letal.
Comencé a acompañar a enfermeras y trabajadores sociales en Kibera. Las enfermeras apenas podían ofrecer multivitaminas, que no cambiaban el curso de la enfermedad. Por su parte, los trabajadores sociales realizaban una labor crucial debido al fuerte estigma que rodeaba al VIH en África, donde la enfermedad solía considerarse una maldición de los antepasados. A causa de esto, los enfermos eran frecuentemente rechazados y aislados por sus propias familias. Cuando estás enfermo es cuando más necesitas el apoyo de los tuyos, por lo que el trabajo de contención psicológica era indispensable. También dedicábamos mucho esfuerzo a concientizar a la población para que acudiera a los centros de pruebas gratuitas.

I.B.: Y en ese entonces, tú no tenías formación médica en absoluto.
C.D.: Ninguna, mi formación era estrictamente financiera. Sin embargo, pasaba noches enteras frente al ordenador estudiando los manuales de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A los pocos meses, conocí a un médico keniano muy brillante que había crecido en el suburbio. Al terminar la secundaria, no tenía recursos para la universidad y trabajaba en un puesto menor en el Ministerio de Salud. Un día vio una convocatoria de becas para estudiar medicina en Rusia, se postuló y la obtuvo. Al regresar a Kenia como especialista en gastroenterología, mostró una gran sensibilidad hacia el problema del VIH.
Empezamos a trabajar juntos, visitando pacientes y, con el tiempo, logramos dotar de mejor equipamiento a los centros e incluso abrimos un pequeño hospital para atender los casos más críticos. Aprendí muchísimo de él y nos convertimos en grandes amigos.
En 2005, la misión me pidió asumir la dirección financiera del Tangaza College, una universidad católica en Nairobi. Alrededor de la mitad de sus 500 estudiantes se preparaban para el sacerdocio y la otra mitad cursaba estudios religiosos. Trabajé allí durante dos años. Durante ese tiempo conocí al Hermano Pedro Arambide, un hermano de La Salle, de Hondarribia, que lamentablemente falleció hace unos años. Era un hombre extraordinario que había desarrollado proyectos en Eritrea, Etiopía y otros países de Africa.
En el campus de la universidad se estaba construyendo una residencia para mujeres estudiantes y religiosas, con el fin de que pudieran alojarse de forma segura cerca del centro de estudios. El hermano Pedro había conseguido fondos en Europa para este proyecto y, como venía seguido a la oficina, entablamos una gran amistad. Teníamos el mismo estilo riguroso para la gestión y control de las finanzas, asegurándonos de que cada recurso se empleara de la mejor manera.
En 2007, una semana después de haber dejado mi puesto en Tangaza College, el Hermano Pedro me llamó para presentarme un caso. Un médico español que nunca había ejercido, sino que se había dedicado al sector financiero, José Luis de Barrueta, había fallecido sin dejar descendencia. En su testamento, legó sus bienes, además de a varias entidades vinculadas a la Iglesia, a la lucha contra el SIDA en África con una gran cantidad de dinero. Un notario de San Sebastián, muy vinculado a la diócesis, D. José María Segura, quien actuaba como albacea y partidor de dicha herencia, decidió junto a Koldo Muro, Patxi Izulain, la Hermana Catarina Kifflemariam, Hija de la Caridad oriunda de Eritrea y el Hno. Pedro Arrambide Fsc., crear la Fundación José Luis de Barrueta, para luchar contra el SIDA en África.

Ellos querían destinar una parte de esa gran herencia a proyectos relacionados con el VIH en Kenia y me pidieron que los guiara. Pasamos cerca de diez días visitando diferentes iniciativas en el país. Al finalizar, nos propusieron al superior y a mí representarlos formalmente en Kenia para gestionar esos fondos de manera directa y transparente a través de nuestra propia estructura. La otra parte del legado se destinó a proyectos locales para huérfanos, personas con discapacidad y personas en situación de calle.
Esta colaboración comenzó en 2007 y se extendió hasta 2018. Logramos financiar de manera gratuita consultas médicas, pruebas de laboratorio, radiografías, medicamentos y seguimiento continuo para personas de escasos recursos, apoyándonos en una red de dispensarios dirigidos por religiosas. Durante esos años, en 2011, recibimos, incluso, la visita del que en aquel momento era el obispo de San Sebastián, Mons. José Ignacio Munilla, quien viajó a conocer la labor de la Fundación Barrueta junto con el responsable de cooperación de Cáritas.
Para optimizar el servicio, coordinamos junto al Ministerio de Salud la capacitación de las religiosas que atendían estos dispensarios. En ese proceso conocí a un médico pediatra español procedente de Madrid que, conmovido por la pobreza en África, había dejado su práctica en España para instalarse en Kenia. Él y otros colegas especialistas en VIH capacitaron a nuestro personal y al del Ministerio de Salud, logrando un impacto transformador en la calidad de la atención.
Esta fundación salvó muchísimas vidas. Fuimos de los primeros en recibir apoyo de la Fundación Elton John del Reino Unido, gracias a las gestiones del Dr. Victorio. Con esos recursos, financiamos el suministro de leche de fórmula para los bebés de madres portadoras del virus, ya que la lactancia materna implicaba un 40% de probabilidad de transmitir el VIH al lactante. Logramos proteger a una generación de niños. Los fondos provenían de la fundación; yo solo era el administrador, pero sin esos recursos económicos nada de esto habría sido posible.
El virus, como sabemos, se transmite a través de fluidos corporales como la sangre, las secreciones sexuales y la leche materna. Aunque la transmisión por saliva es sumamente baja, el riesgo principal estaba en la lactancia y el parto, y ahí fue donde concentramos nuestros esfuerzos.
En 2014 conocí a Policena. Ella trabajaba para la Misión Laica Católica de Kenia, una organización que provee profesores, enfermeros y administradores laicos en regiones con condiciones muy difíciles en el norte del país, como Turkana y Marsabit. Ella trabajó allí durante dos años y, al regresar a la oficina central en Nairobi, coincidimos a través de los sacerdotes canadienses que coordinaban las misiones. Policena me ayudó muchísimo a entender el funcionamiento de los ministerios y las dinámicas institucionales locales, facilitando enormemente nuestro trabajo administrativo.

I.B.: Claude, inicialmente tu plan era quedarte cuatro años, pero terminaste extendiendo tu estancia. ¿Qué te motivó a continuar?
C.D.: Cuando pones en marcha proyectos de esta magnitud, es muy difícil detenerse. Ver los resultados y constatar cómo con recursos relativamente modestos se pueden solucionar problemas de salud tan graves genera una enorme satisfacción humana. Es un trabajo con un sentido mucho más profundo que el de estar detrás de un escritorio en una oficina. Pasé muchísimos años recorriendo los suburbios, visitando a las familias y supervisando los proyectos.
En 2015, sabiendo que la etapa del proyecto de asistencia para el VIH estaba llegando a su fin, Policena y yo decidimos casarnos. Evaluamos la opción de establecernos en Canadá o permanecer en Kenia. En ese momento, Caritas diocesana de San Sebastián entró en escena. Recibí una llamada de Koldo Muro, que entonces era el responsable de cooperación internacional de Caritas diocesana de San Sebastián quien viajó a Kenia acompañado por José Ramon Aramendi, director de la organización para evaluar la situación sobre el terreno.
Muchas organizaciones internacionales envían ayuda financiera basándose únicamente en informes escritos, pero no cuentan con una representación directa que supervise la correcta ejecución de los fondos en el lugar. En contextos vulnerables, lamentablemente, el riesgo de que la ayuda se desvíe debido a la corrupción es alto. Ellos visitaron los proyectos, comprobaron el rigor con el que trabajábamos y nos propusieron abrir una línea de cooperación en dos áreas específicas: la perforación de pozos de agua y el empoderamiento de las mujeres. En realidad, Koldo Muro ya nos conocía por su vinculación a la Fundación Barrueta.
Durante tres años gestionamos la perforación de unos seis pozos de agua en zonas áridas habitadas por la comunidad masái. Era una labor costosa y compleja, pero aprendí el oficio desde cero: a evaluar presupuestos, comparar cotizaciones técnicas y supervisar las obras en el terreno para garantizar su transparencia.
El segundo proyecto, el de empoderamiento femenino, requirió un enfoque muy práctico. Al principio se sugería capacitar a las mujeres en derechos y en la Constitución del país, lo cual es valioso, pero la prioridad urgente de estas mujeres era llevar alimento a sus mesas. Muchas de ellas eran madres jóvenes, de entre 18 y 20 años, que habían sido abandonadas por sus parejas y debían mantener solas a sus hijos en condiciones de extrema pobreza.
Propusimos un programa de becas de formación técnica en escuelas de peluquería (cursos de seis meses) y de gastronomía y catering (cursos de un año). Presentamos la propuesta a Cáritas y fue aprobada en 2015.
El sistema educativo en Kenia contempla escuelas públicas que teóricamente son gratuitas, pero en la práctica exigen pagos indirectos; si las familias no pueden pagar, los jóvenes son expulsados. Esto afecta especialmente a las adolescentes de los suburbios, quienes, a pesar de tener capacidad, registran un alto ausentismo y bajas calificaciones en los exámenes nacionales. Al regresar a los suburbios sin cualificación, quedan en una situación de extrema vulnerabilidad. Las estadísticas reflejan que, al cabo de un año de abandonar la escuela, el 35% de estas jóvenes quedan embarazadas y deben asumir solas la crianza.
Al ofrecerles formación técnica, les brindamos herramientas para subsistir. Aunque no encuentren un empleo formal de inmediato, una mujer capacitada en peluquería o cocina puede instalar un pequeño puesto en la calle y generar los ingresos diarios necesarios para alimentar a su familia. Es un proyecto de un impacto social extraordinario.

I.B.: ¿Y este proyecto sigue vigente?
C.D.: El acuerdo inicial con Cáritas se renovó en períodos de tres años. Solicitamos la continuidad del programa y la respuesta fue positiva. Actualmente, enviamos a formación a un grupo de entre 170 y 200 jóvenes cada año. El acceso a una educación técnica transforma por completo sus vidas y les otorga autonomía.
Tenemos un tercer proyecto que financiamos con el apoyo de un grupo de amigos y benefactores canadienses. Está dirigido a la educación preescolar en los suburbios, la cual comienza a los cuatro años. Aunque no es obligatoria, es fundamental para preparar a los niños antes de la primaria. Muchas familias no pueden costearla, por lo que seleccionamos a los niños de los entornos más desfavorecidos y financiamos sus estudios en escuelas comunitarias de calidad.
Buscamos asegurarles un buen inicio escolar, garantizando que asistan a centros con una infraestructura adecuada, agua potable y alimentación. Si un niño asocia la escuela con un entorno seguro y estimulante, desarrollará un gusto por el aprendizaje que lo acompañará el resto de su vida escolar.
Iniciamos este proyecto en Kibera y actualmente colaboramos con las Hermanas de la Cottolengo en el área de Karen. Ellas dirigían un hogar para niños huérfanos con VIH que está en proceso de cierre, debido a las nuevas políticas gubernamentales que priorizan la reintegración de los menores en familias extendidas. Aprovechando sus instalaciones educativas, pusimos en marcha el programa preescolar. Actualmente financiamos los estudios de 25 niños de escasos recursos y el próximo año ampliaremos el cupo a 40, bajo un esquema de financiamiento bienal.

Además, identificamos que muchos niños asistían a la escuela con el estómago vacío, lo que afectaba su capacidad de concentración. A través de este mismo fondo canadiense, implementamos un programa de alimentación que beneficia a 4.300 niños en 20 escuelas de los suburbios, suministrándoles diariamente una taza de uji, una papilla tradicional muy nutritiva a base de mijo, sorgo y maíz.
Este programa ha reducido drásticamente el ausentismo escolar y ha mejorado el rendimiento de los alumnos. Para las familias del suburbio, saber que sus hijos reciben este alimento en la escuela representa un alivio económico enorme. Es un proyecto del cual nos sentimos profundamente orgullosos.
Este es un programa es financiado por Misiones Diocesanas de San Sebastián, como un aporte de unos 30.000 € por año, en acuerdos trianuales. Seguimos contando con el apoyo y colaboración de la diócesis de San Sebastián
I.B.: Policena, cuéntanos ahora un poco de tu historia, de dónde vienes y cómo conociste a Claude.
Policena Wanja: Yo nací en una comunidad rural llamada Meru, situada en la región oriental de Kenia, en las faldas del Monte Kenia. Estudié en colegios católicos y me formé como profesora de educación primaria. Ejercí la docencia en mi diócesis durante cinco años, pero con el tiempo sentí la necesidad de conocer otras realidades más allá de mi entorno natal.
Buscando opciones, me incorporé a la Misión Laica Católica de Kenia, que selecciona a profesionales para trabajar en zonas con carencias importantes en el norte del país. Fui destinada a Marsabit, donde trabajé durante dos años. Fue una experiencia fuerte pero muy enriquecedora. Al concluir mi período allí, me trasladé a Nairobi para trabajar en la oficina central de la organización, coordinando labores administrativas y los procesos de selección de nuevos misioneros. fue en ese contexto, en 2004, donde coincidí con Claude a los pocos días de su llegada a Kenia.
Mantuvimos una buena amistad durante varios años. Yo continuaba con mis labores en la oficina y posteriormente comencé a trabajar en el área financiera y administrativa con los Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle), donde colaboraba estrechamente con el Hermano Pedro y con Claude.
Tras nuestro matrimonio en 2015, me involucré de manera más activa en sus proyectos humanitarios, acompañándolo a los suburbios para realizar las entrevistas de selección de las jóvenes y supervisar los centros educativos. Desde hace dos años, compagino mis labores administrativas en una escuela primaria con la supervisión y elaboración de informes para el proyecto preescolar que apoyamos.

I.B.: Una pregunta más personal para ambos. Claude, tú provenías de una cultura muy distinta. ¿Cómo reaccionó tu familia en Canadá cuando decidiste mudarte a África?
C.D.: Lo asumieron con mucha naturalidad y me apoyaron desde el primer momento. Yo tenía 48 años, por lo que no existía esa inquietud propia de cuando se es más joven. Mi madre aún vivía y mis hermanos coincidían en que era una magnífica oportunidad. Además, sabían que viajaba con una organización muy seria y con una larga trayectoria internacional, lo que les daba mucha tranquilidad.
I.B.: Y 20 años después…
C.D.: Tengo 69 años y sigo plenamente activo. (Risas).
I.B.: Y dime, en el caso de tu familia, el matrimonio con una persona extranjera de otra cultura no era algo común en tu comunidad. ¿Cómo lo asimilaron?
P.W.: Es cierto que no era lo habitual y probablemente fui la primera en mi entorno, pero mi familia lo tomó muy bien. Para ellos, lo fundamental era mi felicidad. Claude ya era conocido por ellos porque habíamos visitado mi comunidad en Meru muchas veces antes de casarnos, así que lo recibieron con un gran afecto. No hubo ningún tipo de resistencia.
I.B.: Existe el estereotipo de que los canadienses son personas muy calmadas, reservadas y metódicas, mientras que la cultura africana es percibida como más expresiva, musical y efusiva. ¿Lo sentís así?
P.W.: Es totalmente cierto. Los canadienses tienden a ser más reservados y solemnes. En Kenia somos mucho más expresivos; nos encanta cantar y bailar en cualquier ocasión, ya sea en celebraciones políticas o en la iglesia. La música forma parte de nuestra vida cotidiana.

C.D.: Es verdad, aunque hay un matiz importante: yo soy de Quebec, soy francófono. Los quebequenses compartimos una identidad cultural con raíces latinas que nos hace distintos del resto de Canadá. Somos muy apasionados por la música, el cine y las festividades; nuestras ciudades albergan festivales culturales muy importantes durante todo el año. Así que, aunque existen diferencias lógicas entre nuestras culturas, compartimos esa alegría por la vida, lo que facilitó enormemente nuestra adaptación mutua.
I.B.: Para concluir, ¿qué papel ha tenido la fe en vuestras vidas y en la decisión de consagrarse a estos proyectos?
P.W.: Yo crecí en una familia católica muy practicante y la fe siempre ha sido el pilar de mi vida. Considero que el trabajo que realizo actualmente, dedicando mi tiempo libre a coordinar los proyectos de las jóvenes y los niños, es una extensión natural de mi fe. Es mi manera de canalizar el compromiso cristiano en acciones concretas que ayuden a transformar la vida de los demás.

C.D.: En mi caso, la fe ha sido el motor que me permitió dar el paso de dejarlo todo. No muchas personas deciden abandonar su estabilidad económica y su entorno a los 48 años para trasladarse a un continente distinto. Se requiere una confianza plena en Dios para emprender un camino así, sabiendo que uno se pone en sus manos.
Antes de viajar a Kenia, yo había tenido éxito en los negocios, poseía bienes materiales y comodidades, pero no encontraba en ello una verdadera satisfacción personal. Tras afrontar algunas dificultades comerciales y la enfermedad de mi socio, decidí replantearme la vida, liquidar mis empresas y comenzar de nuevo con un propósito distinto. La oportunidad de viajar con la misión apareció en el momento perfecto.
Ver la pobreza extrema y la enfermedad de cerca por primera vez en Kibera fue un impacto tremendo que sacudió mis estructuras. En muchos momentos me sentí completamente impotente y cuestioné qué sentido tenía mi presencia allí si no podía cambiar una realidad tan dolorosa. Sin embargo, la fe te sostiene para comprender que, aunque no puedas solucionar todos los problemas del mundo, el acompañamiento humano, la cercanía y el compromiso constante tienen un valor inmenso. Poco a poco las puertas se fueron abriendo, llegaron los apoyos económicos y logramos consolidar proyectos que han transformado la realidad de miles de personas. Ha sido un camino extraordinario y no me arrepiento en absoluto de la decisión que tomé.
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