Cuaresma, camino hacia la Pascua
- Introducción: Triduo Pascual y Tiempo Pascual
La fiesta de la Pascua —conmemoración y celebración anual de la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo— es para la comunidad cristiana la fiesta más importante del año: Triduo Pascual y Tiempo Pascual de 50 días.
El Triduo Pascual comprende desde la tarde del Jueves Santo, que comienza celebrando la Eucaristía de la “Última Cena”, hasta las II Vísperas de la tarde del Domingo de Pascua, momento culminante de la fiesta pascual, que se prolonga durante cincuenta días hasta el domingo de Pentecostés. En Roma denominaban a este tiempo laetissimum spatium: tiempo prolongado. La prolongación del Tiempo Pascual y la incorporación de la celebración del bautismo a la liturgia pascual influyeron en la relevancia de la fiesta pascual. Así, desde del siglo II, la Comunidad cristiana celebra de modo especial uno de los domingos —el Domingo de Pascua— y un ciclo que se prolonga durante cincuenta días: el Tiempo Pascual denominado también el Gran Domingo. Actualmente, la liturgia considera como un solo domingo de 50 días a dicho Tiempo Pascual.
Previamente, para poder celebrar con autenticidad esa fiesta del paso de su Señor de la muerte a la resurrección la comunidad cristiana dedica un tiempo o un ciclo de 40 días para su preparación: la Cuaresma (Cuadragésima en latín). En ese tiempo se dispone la comunidad cristiana a vivir y participar en el paso del Señor, pasando ella del pecado a la nueva vida en Cristo, recordando y renovando lo acontecido en cada cristiano y cristiana al ser bautizados
Por eso, durante la Cuaresma los catecúmenos se preparan para pasar por el agua del Bautismo en la noche de Pascua; los pecadores hacen penitencia para su conversión y reconciliación con Dios con la comunidad –en una celebración penitencial que tenía lugar la mañana del Jueves Santo– y la comunidad cristiana entera se prepara para celebrar y participar en la Pascua de Cristo, renovando las Promesas Bautismales en la Vigilia Pascual y en los domingos del Tiempo Pascual.

- Orígenes de la Cuaresma
En los primeros siglos de la vida de la Iglesia la eucaristía era celebrada solamente el día del Señor, el domingo, aunque entre semana el miércoles y el viernes eran días de ayuno. Siguiendo esa costumbre, comenzaron a considerar como tiempo de ayuno la semana previa al domingo de Pascua, como tiempo de preparación intensa para celebrar la Pascua. Este tiempo de preparación se prolongó más tarde a las tres semanas previas, para adaptarse a la preparación de los catecúmenos para su bautismo. Este tiempo quedó fijado en los 40 días previos a la Pascua, tomando como referencia la oración y el ayuno del Señor Jesús en el desierto, después de su bautismo en el río Jordán, de manos de Juan el Bautista.
No parece que la comunidad cristiana celebrara la Cuaresma, como la conocemos ahora, antes del siglo IV. Sin embargo, Xabier Basurko en su magnífica obra La Historia de la Liturgia (Barcelona 2006), nos aporta el testimonio de un documento, Epistula Apostolorum, escrito entre los años 130 y 140, que nos informa de la existencia, ya en el siglo II, de la fiesta de Pascua. Su celebración en Roma comenzó probablemente en tiempos del papa Sotero (164-166) y la comunidad se preparaba de alguna manera para la fiesta de la Pascua, ayunando los dos o tres días anteriores a la Vigilia Pascual, días que serían instaurados como Triduo Pascual. Así lo manifiesta también Eusebio de Cesárea, en el siglo II.
En aquellos tiempos celebraban la Eucaristía solamente el día del Señor, es decir, el domingo; sin embargo, ayunaban todos los miércoles y viernes. Pronto declararon semana de ayuno la semana anterior a la Pascua. Más adelante, el tiempo de preparación a la Pascua fue prolongado a tres domingos con sus semanas, domingos en los que se leía el evangelio de San Juan. Por último, establecieron un tiempo de preparación de cuarenta días, tomando como ejemplo los cuarenta días que el Señor permaneció en el desierto.
Durante el siglo IV tenía gran importancia el catecumenado: el tiempo de preparación para recibir el Bautismo. Tras el precatecumenado, elegían a quienes iban a ser bautizados en la Vigilia Pascual, denominándolos photizomenoi (iluminados), en griego. Las dos semanas anteriores a la Pascua, intensificaban la preparación para el Bautismo. Ya en el siglo III Hipólito habla de ello.
En el siglo IV, los pecadores públicos dedicaban la Cuaresma a la penitencia, en ocasiones alargada incluso durante varios años, según casos. En los días anteriores a la preparación de la Pascua, tales pecadores eran separados de la comunidad e incluidos en el llamado “grupo de penitentes” (ordo poenitentium), imponiéndoles ceniza sobre sus cabezas. Durante la Cuaresma, la comunidad oraba fervientemente por los penitentes; en la mañana del Jueves Santo la comunidad celebraba con ellos el rito de la reconciliación y eran recibidos de nuevo en la comunidad.
A finales del siglo IV ya estaba organizada de esta manera la Cuaresma y en tales actos cuaresmales participaban ya, junto a los catecúmenos y penitentes, todos los miembros de la comunidad. En 1001, el papa Urbano II extendió la costumbre de imponer la ceniza a todos los fieles.
El inicio de la Cuaresma no siempre ha sido el mismo día, puesto que han existido diferentes criterios para decidir desde cuándo había que empezar la cuenta de la cuarentena, exceptuando los domingos, que no eran considerados días de ayuno. Finalmente, el domingo llamado Cuadragésima —día de inicio del tiempo de preparación cuaresmal— dio nombre a todo el tiempo. Posteriormente se adelantó al miércoles anterior el día del inicio, para que de esa forma fuesen cuarenta, sin contar los domingos, los días previos a la Noche de Pascua.
En los comienzos, la comunidad cristiana se reunía dos veces por semana: los miércoles y los viernes, realizando cada asamblea en un lugar o statio diferente. Más adelante, se reunirían también otros días de la semana.
Fue en el siglo VIII, siendo papa Gregorio II (715-731), cuando todos los días de la semana se convirtieron en días de asamblea litúrgica.

- Estructura litúrgica de la Cuaresma en la actualidad
La Cuaresma se prolonga desde el Miércoles de Ceniza hasta la tarde del Jueves Santo. Esa tarde, víspera del Viernes Santo, la comunidad cristiana comienza el Triduo Pascual celebrando la Eucaristía de la “Cena del Señor”.
A partir del Concilio Vaticano II, se ha restaurado la función de la Cuaresma respecto de la preparación para el Bautismo. De ahí que aparezca el tema bautismal en las lecturas del domingo, especialmente en los domingos del ciclo A.
La Cuaresma del ciclo A: tipo o modelo de itinerario cuaresmal
El ciclo A esta considerado como modelo para el desarrollo de la Cuaresma:
- El I domingo de Cuaresma, los tres años A, B y C, se conmemoran las tentaciones del Señor.
- El II domingo, la transfiguración del Señor, también todos los años.
- Los domingos III, IV y V son los que difieren unos de otros el ciclo A el B y el C. En este ciclo A, tipo o modelo del desarrollo cuaresmal, se han seleccionado los pasajes o perícopas del libro de San Juan, que relatan el encuentro con la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimientoy la resurrección de Lázaro, para ser leídos en la celebración de la Eucaristía. Durante el Catecumenado se comentan esos textos para preparar a los catecúmenos a ser bautizados. En estos tres domingos de Cuaresma se hacía un “examen” —conocido como escrutinio— consistente en preguntas y oraciones específicas para los catecúmenos, a fin de ayudarles a profundizar más sobre las actitudes necesarias para recibir el Bautismo.
La Cuaresma domingo a domingo
El Miércoles de Ceniza
Antiguamente la Cuaresma se iniciaba el domingo de Cuadragésima. Hace ya muchos siglos la Cuaresma comienza el Miércoles de Ceniza: cuarenta días antes de la Noche de Pascua, sin contar los domingos. En este día en que se interrumpe el Tiempo Ordinario y comienza la Cuaresma. En su origen era el día en que los pecadores públicos comenzaban su tiempo de penitencia. La imposición de la ceniza sobre la cabeza, que en el Antiguo Testamento se utilizaba como señal de dolor, duelo y penitencia, era el rito que expresaba el comienzo del tiempo penitencial.
En la Eucaristía del Miércoles de Ceniza se eligen tres lecturas para la Liturgia de la Palabra:
- Joel 2, 12-18,llamada a la conversión sincera.
- 2 Cor 5, 20 – 6, 2,“tiempo propicio” para dejarnos reconciliar por Dios (podríamos decir que esta lectura es un “pregón de Pascua”.
- Mt 6, 1-6, 16-18, nos presenta los signos de conversión: la limosna u obras de misericordia, la oración y el ayuno, es decir“actos penitenciales de la Cuaresma”.
La ceniza se impone después de escuchar la llamada de Dios a convertirse y manifestar, recibiendo la ceniza, el deseo de prepararse para la celebración de la Pascua. Por eso se le dice a cada uno en el momento de la imposición: “Convertíos y creed la Buena Noticia”.

I Domingo de Cuaresma: las tentaciones de Jesús en el desierto y su victoria
La cuarentena cuaresmal conmemora el ayuno de cuarenta días que llevó a cabo Jesús en el desierto. También nos recuerda la marcha o éxodo que realizó el pueblo de Israel durante cuarenta años a través del desierto hacia la tierra prometida.
Las tentaciones y la victoria de Jesús sobre ellas son los temas principales del evangelio que se lee en este primer domingo de Cuaresma. La comunidad cristiana, a la luz de ese momento significativo en la vida de Jesús, quiere recordar el drama de Adán en el paraíso, el de Israel en el desierto, el de los cristianos en su vida cotidiana.
Jesús sufrió la misma tentación que tenemos los seres humanos de rechazar Dios, para erigirnos en nuestro propio dios, y frustrando así el Plan salvífico de Dios. Nosotros claudicamos con frecuencia en tal tentación; Jesús fue siempre vencedor. Y gracias a El, nosotros también podemos asociarnos a esa victoria, adhiriéndonos e identificándonos con Jesús muerto y resucitado, siendo semejantes a El.
Jesús vivió su “éxodo” en el desierto: atravesó el “Mar Rojo” cuando Juan le bautizó en el Jordán y se adentró en el desierto como Israel, para realizar el proyecto de Dios, y en el desierto sufrió las tentaciones, al igual que Israel. Israel claudicó ante la tentación, pero Jesús salió vencedor.
Vencidas las tentaciones, su obediencia y fidelidad para hacer realidad el proyecto de Salvación del Padre, llevó a Jesús hasta la cruz. Y, pasando por la muerte, superaría la muerte y llegaría a la Resurrección, alcanzando así la plenitud y eternidad en Dios. Es el acontecimiento salvífico trascendental que celebramos solemnemente en Pascua y estamos ininterrumpidamente conmemorando, celebrando y viviendo los cristianos durante toda la vida.
Ese es, justamente, el camino del cristiano: recordando que pasamos con Jesús a través de las aguas bautismales, hemos de introducirnos en el desierto cuaresmal, para llegar a ser partícipes de su triunfo pascual, venciendo las tentaciones con la fuerza del Espíritu. El cristiano, unido a Jesús, ha de pasar de la muerte (pecado) a la Resurrección (nueva vida), para participar en el “gran misterio y acontecimiento de la Pascua”.
II Domingo de Cuaresma: la transfiguración de Jesús, preludio de la Pascua
Es otro de los momentos importantes que nos ofrece la Liturgia durante la Cuaresma: Jesús, bautizado y ungido por el Espíritu para la realización de la tarea salvífica encomendada por el Padre en el mundo y vencedor de las tentaciones, se nos manifiesta transfigurado glorioso. “A los seis días” —dice Mateo (16, 21), o a “unos ocho días después de aquel diálogo” —según Lucas (9, 28)– en el cual anunció Jesús su pasión, muerte y resurrección, tuvo lugar la transfiguración. Ésta aparece, pues, en esos textos estrechamente vinculada al misterio pascual.
Moisés y Elías —personajes bíblicos que representaban la Ley del Antiguo Testamento y los Profetas—, que aparecen hablando con Jesús, habían también ascendido a la montaña en el momento más significativo de sus vidas. Antes de dirigirse al monte Calvario, también Jesús subió a la montaña del Tabor, a anunciar el acontecimiento más grande de la historia: el de su paso de la muerte en la cruz a la gloria de la Resurrección.
El cristiano, en el Bautismo y en la Pascua, resulta “transfigurado”, cuando se adhiere a Cristo Jesús (transfiguración simbolizada por la imposición de la “vestidura blanca” en el bautismo). Para eso, previamente ha de escuchar al Hijo Amado de Dios y, tomando la cruz, seguirle hasta la muerte, para vivir con El en la eternidad.

Domingos III, IV y V de Cuaresma en el ciclo A: El agua, la luz y la resurrección, signos de vida.
Siguiendo a Jesús a través del desierto, introducidos en la Cuaresma y tomando como modelo a Jesús transfigurado, los cristianos se esfuerzan en vencer las tentaciones, tratan de transfigurarse personalmente, dirigiendo su mirada a los sacramentos de iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía los tres “pasos” por los que el nuevo creyente es introducido, admitido, en la comunidad cristiana e iniciado en la vida comunitaria cristiana. El cristiano anteriormente necesitará del Sacramento de la Reconciliación (la Penitencia) para poder celebrar con autenticidad el misterio pascual.
En la Cuaresma del Ciclo A, los domingos III, IV y V están estructurados siguiendo la dinámica de iniciación catecumenal. Antiguamente, estos tres domingos se “examinaba” (escrutinio) a los catecúmenos o candidatos que iban a ser bautizados en la Vigilia Pascual, realizando para ello cada domingo los ritos apropiados: acogida, imposición del nombre, entrega del Evangelio, entrega de la oración del Señor (o dominical, el Padrenuestro), entrega del Credo… Los temas de estos tres domingos son los siguientes:
El Domingo III, el agua que da la vida es el tema central. Sólo “el agua que da vida”, que es don de Dios (otorgado por Cristo en el bautismo), puede saciar la sed de los seres humanos, como dice el evangelio de San Juan 4, 5-42 —diálogo de Jesús con la mujer samaritana–. Los israelitas en el desierto, en el valle de Rafidim (en Masá y Meribá), pidieron agua a Moisés y éste, ejecutando el mandato del Señor, golpeó la roca con su vara y les proporcionó agua (la roca era Cristo, dice Pablo, 1 Cor 10, 4 –primera lectura de este domingo–). Dios ha enviado el Espíritu a nuestros corazones para que tengamos el agua viva que mana del mismo Cristo —segunda lectura—. Este domingo se hace el primer escrutinio.
El Domingo IV, la luz es el tema central: Cristo es la luz de Dios (el cirio pascual representa la luz de Cristo, y en el bautismo se enciende el cirio particular de cada bautizado personal de ese cirio). Para poder ver esa luz, en el Bautizo han de estar abiertos los ojos interiores (en el evangelio de este domingo, capítulo 9 de San Juan) se nos narra la curación del ciego de nacimiento).

Anteriormente al bautismo —o “antes de la Penitencia, que es el “segundo Bautismo”— vivíamos en tinieblas, alejados de Dios, dominados por nuestras pasiones y pecados. Pero al unirnos a Cristo resucitado por medio del bautismo, empezamos a vivir en la luz (los cristianos somos photizomenoi: iluminados) —segunda lectura—, y así, tratamos de ver y vivir “según la mentalidad de Dios” —primera lectura—, guiados por el Buen Pastor, incluso en los “valles oscuros” (salmo responsorial). Este domingo tenía lugar el segundo escrutinio.
El Domingo V, la vida es el tema central. Al recibir el agua del Bautismo, pasamos de las tinieblas del pecado y de la muerte a la luz de Cristo; comenzamos a vivir de una manera nueva, adheridos a Cristo resucitado. Creer en Cristo nos lleva a resucitar con Él, nos lleva a la verdadera vida (el evangelio de este domingo nos relata la resurrección de Lázaro). El mismo Espíritu de Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos nos resucitará también a nosotros —segunda lectura—. Así se cumplirá lo prometido por medio de los profetas —primera lectura—Este domingo tenía lugar el tercer escrutinio.
Estos son los temas que la comunidad contemplará y reflexionará en las asambleas eucarísticas de la Cuaresma de este ciclo A, para disponerse a participar en la Pascua de su Señor, recordando y renovando en la Vigilia Pascual las Promesas Bautismales, en las que cada cristiano y cristiana se comprometió a renunciar al pecado (el rechazo de Dios), para vivir iluminado y guiado por la palabra de Jesús, en cuta muerte y resurrección participa.
Jesús Mª Arrieta
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