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Pazko Bijilia: argiak iluntasuna garaitzen duen gaua

Pazko Bijilia: argiak iluntasuna garaitzen duen gaua

Donostiako Artzain Onaren katedralean Pazko Bijilia ospatu da. Ilunpetan hasi da, suaren bedeinkapenarekin; pizten denean, ilunpetik argira igarotzea sinbolizatzen du, Pazko-zuzia protagonista izanik.

Pazko-Zuzia urte osoan zehar dagoen sinboloa bada ere, gaur gauean “ilunpetik argira igaro garela”, irudikatzen du. Zuzia, “Kristoren Argia” dela adierazten du.

Fernando Prado gotzainaren homilia. Pazko Bijilia. Artzain Ona katedrala 2026ko apirilaren 4a

Queridos hermanos:

Esta es la noche en que todo cambia.

Esta es la noche en que la luz vence a la oscuridad.

Esta es la noche en que la Iglesia vuelve a escuchar, con asombro siempre nuevo, la noticia más grande de la historia: Cristo ha resucitado.

No celebramos solamente un recuerdo. No hacemos memoria de algo hermoso pero pasado. Esta noche celebramos una presencia. El Señor resucitado viene a nuestro encuentro. Entra en nuestra noche, en nuestras oscuridades, en esas zonas del alma donde quizá hacía tiempo que no entraba casi nada de luz.

Hemos comenzado esta Vigilia en la oscuridad. Y en medio de la oscuridad ha comenzado a brillar la luz. El cirio lo ha simbolizado. Es un signo precioso. Porque la fe no niega la noche. No finge que no haya heridas, cansancios, dudas, pecados, miedos o pérdidas. No borra de un plumazo las sombras de la vida. Pero sí nos dice algo decisivo: la noche no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Cristo. Y su palabra definitiva sobre el mundo y sobre nosotros es una palabra de vida. La fe no elimina la noche, pero sí la ilumina.

A la luz de Cristo todo se ve de otro modo. No porque los problemas desaparezcan mágicamente, sino porque ya no los miramos solos ni desde la desesperanza. Los miramos desde el Resucitado. Y entonces hasta lo más oscuro queda tocado por su promesa.

Las lecturas de esta noche nos han ido llevando de la mano por la historia de la salvación. Hemos escuchado la creación, el éxodo, los profetas, la promesa de un corazón nuevo, el paso por el mar Rojo, la vida nueva en Cristo. Es como si la Iglesia quisiera decirnos: mirad vuestra historia entera a la luz de Dios. Mirad cómo el Señor acompaña también vuestra historia personal. Mirad el mundo y vuestra propia vida a la luz de esta noche santa. Porque la Pascua no es un episodio aislado: puede ser la clave de todo. La creación entera esperaba esta noche. La historia humana caminaba hacia esta noche. Y también nuestra vida, con todo lo luminoso y herido que tiene, encuentra aquí su sentido más hondo.

A veces vivimos como si todo se estrellara contra la piedra. Como aquellas mujeres del Evangelio, también nosotros vamos muchas veces hacia nuestros sepulcros: sepulcros de tristeza, de desánimo, de pecado, de rutina, de decepción. Y cargamos dentro una pregunta semejante: quién nos correrá la piedra? Porque

hay piedras muy pesadas: la de una herida que no termina de cerrar, la de un duelo, la de una culpa antigua, la de una situación familiar difícil, la de una fe cansada, la de una Iglesia que camina con fatiga, la de un mundo herido por tanta violencia e incertidumbre.

Y, sin embargo, esta noche escuchamos que la piedra no tiene la fuerza final. La tumba está abierta. El Crucificado vive. El amor de Dios ha entrado hasta el fondo de la muerte y la ha vencido desde dentro. Eso es la Resurrección: no una idea bonita ni un consuelo fácil, sino la irrupción de una vida nueva que ya nada ni nadie puede destruir.

Jesús, al morir, no se ha ido. En Él, la muerte se ha convertido en paso, en entrega, en amor llevado hasta el extremo. Y por eso su muerte no ha sido el final. El amor, más fuerte que la muerte, en Cristo ha atravesado la noche y ha abierto un camino allí donde parecía que todo estaba cerrado.

Por eso la Pascua no solo ilumina el final de Jesús. Ilumina también nuestro propio destino. Nos dice que no estamos hechos para la oscuridad, ni para el sinsentido, ni para la nada. Venimos del amor y caminamos hacia el amor. En el origen está Dios, una Palabra buena, el Amor creador. Y por eso tampoco al final está la nada, sino el abrazo del Padre.

Esta noche tiene además otro signo hermoso: el agua. Agua que recuerda la creación, el mar Rojo, el Jordán, nuestro bautismo. Agua que habla de muerte y de vida, que limpia, fecunda y renueva. En el bautismo no recibimos una simple bendición exterior. Cristo entra en la vida de una persona, la toma para sí, la une a su Pascua y la introduce en una existencia nueva. Nos hace hijos en el Hijo. Nos da una identidad nueva. Ya no vivimos cerrados en nosotros mismos ni a merced del miedo o del tiempo. Somos de Cristo. Y Él vive en nosotros.

Qué importante es recordar esto en una noche como hoy. Porque quizá muchos llevamos tiempo viviendo por debajo de nuestro bautismo. Como si hubiéramos olvidado quiénes somos. Como si la luz recibida se hubiera ido cubriendo de polvo. Como si la esperanza se hubiera debilitado. Esta noche la Iglesia nos llama a volver al manantial, a renovar la gracia, a avivar el fuego, quizá escondido entre cenizas, a dejarnos alcanzar otra vez por esa luz. A volver a escuchar dentro del corazón: tú eres mío, yo estoy contigo, no tengas miedo.

Y el Evangelio nos regala una palabra preciosa: Galilea. “Mirad. Él va por delante de vosotros a Galilea”.

Es decir: no os quedéis en el sepulcro. No os quedéis atrapados en el lugar de la muerte. Dejad de dar vueltas a la piedra. Volved a la vida. Volved al camino. Volved a los lugares de cada día. Porque allí os espera el Resucitado.

También nosotros necesitamos volver a Galilea. A esa Galilea concreta de nuestra vida ordinaria: la casa, la familia, la parroquia, el trabajo, la enfermedad, el servicio escondido, la lucha interior de cada día. Allí nos precede el Señor. Allí nos espera. Allí se deja encontrar.

A veces pensamos que encontraremos a Dios solo en lo extraordinario. Pero la Pascua nos dice algo muy consolador: el Resucitado nos sale al encuentro precisamente en la vida real. En la vida tal como es. No en otra. En esta. Y por eso la esperanza cristiana no es evasión. No nos saca del mundo. Nos devuelve a él con una mirada nueva, con un corazón nuevo, con una paz nueva.

Queridos hermanos, nosotros no somos gente de sepulcro. Somos gente de Pascua. No estamos llamados a vivir encerrados en la tristeza, en la resignación o en el miedo. Estamos llamados a la luz, a levantar el corazón, a dejarnos renovar por Cristo desde dentro.

Quizá esta noche el Señor nos pide algo muy sencillo: que le dejemos correr alguna piedra. Que no defendamos tanto nuestras oscuridades. Que no nos acostumbremos a vivir sin esperanza. Que no demos por perdida ninguna situación, ni siquiera la que más nos duele. Que le dejemos encender de nuevo la fe. Que volvamos a creer que Él puede hacer nuevas todas las cosas.

La Resurrección no elimina de golpe las preguntas. Pero sí cambia radicalmente el horizonte. Porque ahora sabemos que la verdad es más fuerte que la mentira, que la luz es más fuerte que la tiniebla, que el amor es más fuerte que la muerte. Y eso cambia la vida. Recordemos: la luz no elimina, pero sí ilumina.

Esta noche, al renovar nuestra fe, pidámosle al Señor que nos haga hombres y mujeres pascuales. Que nos dé un corazón despierto. Que nos enseñe a mirar toda realidad a su luz. Que nos libre de la tentación de vivir encerrados en nuestros sepulcros. Que nos haga caminar hacia la Galilea de cada día con la certeza de que Él va por delante.

Y que, al contemplar el cirio encendido en medio de la noche, podamos escuchar en lo más hondo del alma esta certeza que sostiene la vida entera: Cristo ha resucitado. Y porque ha resucitado, nada está perdido.

Amén.

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