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La procesión de Viernes Santo vuelve a las calles de San Sebastián en una noche histórica

La procesión de Viernes Santo vuelve a las calles de San Sebastián en una noche histórica

San Sebastián vivió ayer una tarde verdaderamente histórica con la recuperación de la procesión de Viernes Santo, que volvió a recorrer las calles de la ciudad tras medio siglo de ausencia. Miles de personas acompañaron o contemplaron el cortejo procesional en el centro de la capital guipuzcoana, en un ambiente de gran expectación, respeto y recogimiento.

Tras varios días de mal tiempo, el cielo se abrió en San Sebastián y dio paso a una tarde clara y una noche agradable, lo que favoreció una masiva asistencia de personas de todas las edades, llegadas tanto de la propia ciudad como de distintos puntos de Gipuzkoa. Mucho antes de la salida, ya podía percibirse la expectación: el entorno de la catedral del Buen Pastor y buena parte del recorrido se encontraban completamente llenos, hasta el punto de que apenas cabía un alfiler, mientras la gente aguardaba pacientemente el inicio de la procesión.

La procesión salió hacia las 20:40 con un ligero retraso respecto a la hora prevista a causa de las multitudes que se agolpaban a la entrada de la catedral y recorrió la plaza Buen Pastor, Urdaneta, Hondarribia, San Martín, Getaria, Avenida de la Libertad, Churruca y plaza Gipuzkoa. Allí tuvo lugar una estación oracional, antes del regreso por las mismas calles hasta la catedral.

El cortejo se desarrolló según el orden previsto por la organización. Lo abrió la Cruz de Guía y el estandarte de la Cofradía, seguidos por los niños con vestimenta hebrea y la banda de txistularis. A continuación marchó el grueso de nazarenos en dos filas, precediendo al paso del Nazareno, acompañado por la Verónica.

Después continuó el resto de los nazarenos junto a los tambores y los niños con diversos objetos de la Pasión —coronas de espino, clavos, lanzas—, dando paso a la imagen del Cristo Yacente. El tramo final estuvo formado por las Tres Marías y el paso de la Soledad, seguidos de la cruz alzada y los ciriales, acólitos, el clero, un grupo de cofrades de civil y la banda de música.

Los pasos avanzaron con firmeza por las calles donostiarras, en medio de una emoción visible entre muchos de los asistentes. Creyentes y no creyentes se dejaron interpelar por la solemnidad de la procesión. Desde la Delegación de Comunicación diocesana se pudo recoger el testimonio de personas alejadas de la fe, pero que se habían sentido atraídas por la belleza, la espiritualidad, la solemnidad y el misterio que habita en ella. Otros, en cambio, subrayaban la alegría de poder contemplar por fin en su propia ciudad una procesión de Semana Santa, viendo en esta representación pública de la pasión, muerte y resurrección de Cristo una expresión profunda de la esencia de la fe cristiana.

Para muchos, además, la jornada fue también una ocasión para recordar el valor de los actos públicos de fe como forma de anunciar el Evangelio, de mostrar al mundo la salvación que ofrece Jesucristo y de proclamar el amor de Dios, que se extiende a todos.

Uno de los aspectos más destacados de la noche fue el respeto con el que toda la ciudad acompañó el desarrollo del acto. Independientemente de las creencias de cada cual, nada perturbó el recogimiento ni la dignidad de los pasos.

Se vivió un clima de intensa espiritualidad y religiosidad popular, en el que apenas se escuchaban, en buena parte del recorrido, la banda, los tambores y bombos, junto con el murmullo del obispo rezando el rosario.

La luz de las velas, iluminando los rostros de la Dolorosa y de Jesús, contribuyó también a crear una atmósfera sobrecogedora, recordando a tantos que lo invisible se manifiesta a través de lo visible.

En la plaza Gipuzkoa se alcanzó uno de los momentos más significativos de la noche. Allí, durante la estación oracional, el párroco de la catedral, D. Jon Molina, dirigió unas palabras en las que habló de lo que la resurrección de Jesús dice a todos los cristianos y de cómo interpela también al mundo y a la sociedad de hoy. Fue, para muchos, el punto álgido de una procesión ya de por sí histórica.

El regreso a la catedral mantuvo intacta la solemnidad. Ya en el templo, tras unas palabras de felicitación de D. Jon Molina al grupo organizador, tomó la palabra el obispo, que quiso destacar el ímprobo trabajo realizado durante los últimos meses por todos aquellos que han hecho posible sacar adelante esta procesión histórica. Recordó igualmente que el sentido último de cuanto se había vivido era alabar a Dios y proclamar la Buena Nueva.

Con un nuevo agradecimiento a todos los que han trabajado y participado en esta recuperación y entre el caluroso aplauso de los casi 500 participantes en la procesión, concluyó un Viernes Santo que quedará para el recuerdo en San Sebastián.

  • Fotos en Flickr (en las próximas horas se seguirán cargando más fotos y vídeos de la procesión a las redes sociales de la Diócesis).

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