Jueves Santo: misa In Coena Domini en la catedral del Buen Pastor
La catedral del Buen Pastor ha acogido este Jueves Santo, a las 19.00 horas, la solemne misa In Coena Domini, presidida por el obispo D. Fernando Prado, en una celebración marcada por la intensidad litúrgica, el recogimiento y una asistencia masiva de fieles.
El templo presentaba un aspecto imponente, completamente lleno, con numerosas personas siguiendo la ceremonia de pie, al no quedar ya sitio ni en los bancos ni en las sillas suplementarias que se habían dispuesto para la ocasión.
Acompañado por sacerdotes en el altar, el obispo presidió la misa vespertina de la Cena del Señor, con la que la Iglesia entra en el Triduo Pascual. La celebración, una de las más significativas de todo el año litúrgico, hizo memoria de la Última Cena de Jesús con sus discípulos, en la que instituyó la Eucaristía y dejó a los suyos el mandamiento nuevo del amor.
Desde el inicio, la liturgia estuvo revestida de una especial solemnidad. La procesión de entrada, el altar acompañado por los presbíteros y la participación de una asamblea desbordante ofrecieron una imagen elocuente de la Iglesia diocesana reunida en torno a su pastor en una de las noches centrales de la fe cristiana. La catedral, abarrotada, reflejaba no solo la importancia de la celebración, sino también la profunda devoción con la que los fieles quisieron acompañar este momento decisivo del calendario litúrgico.
Tras la proclamación de la Palabra, D. Fernando Prado pronunció una homilía centrada en el sentido profundo de la memoria espiritual que la Iglesia celebra cada Jueves Santo. Recordó que hacer memoria de la Última Cena no es simplemente evocar un hecho pasado, sino “volver a pasar por el corazón” (recordar = re + cordis) los gestos y palabras de Cristo, de forma que sigan transformando la vida de los creyentes hoy.
Uno de los momentos más expresivos de la celebración fue el lavatorio de los pies, realizado en medio de un clima de profunda atención. El gesto, cargado de simbolismo, remitió al modo de amar de Cristo: un amor humilde, concreto y entregado, que se hace servicio.

Precisamente en su homilía el obispo subrayó que este signo no puede quedar reducido a una escena conmovedora, sino que constituye una llamada directa a vivir la fe desde la entrega al prójimo, desde la disponibilidad para servir y desde la humildad del que se inclina ante el otro.

La reflexión del obispo enlazó también la antigua Pascua del Éxodo con la Nueva Alianza sellada por Cristo. En ese marco, presentó la Eucaristía como el memorial vivo en el que la comunidad cristiana además de recordar a Jesús renueva su compromiso de amar “hasta el extremo”. Fue también una invitación a vivir una fe heroica, capaz de ir más allá de los impulsos naturales para dejar actuar la gracia divina, que ensancha el corazón y hace posible amar con la medida misma de Cristo.
La liturgia eucarística se desarrolló en un ambiente de gran recogimiento, sostenido por la participación atenta de los fieles, que abarrotaban la nave catedralicia. En esta noche en la que la Iglesia conmemora la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial, la presencia del obispo acompañado por los sacerdotes en el altar reforzó el sentido de comunión eclesial y la profundidad de una celebración especialmente querida por el pueblo cristiano.
Al término de la misa tuvo lugar otro de los momentos más sobrecogedores del Jueves Santo: la procesión con el Santísimo Sacramento hasta el lugar de la reserva. En medio de un clima de oración y solemnidad, la asamblea acompañó en silencio este traslado, que prolonga litúrgicamente la memoria de la Cena del Señor y conduce a la contemplación del misterio de Cristo en la hora de su entrega. La procesión, vivida con gran devoción, abrió paso a la adoración y a la permanencia orante junto al Señor en la noche de Getsemaní.
Así, entre la proclamación de la Palabra, el lavatorio de los pies, la plegaria eucarística y la posterior procesión con el Santísimo, la catedral del Buen Pastor vivió una celebración de extraordinaria intensidad espiritual que da paso a una noche santa en la que el servicio, la Eucaristía y la adoración vuelven a situarse en el centro de la vida cristiana.
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