Mesa redonda misionera en Errenteria
Ayer, 3 de marzo, la sociedad bajo la parroquia de Iztieta (Errenteria) se llenó de vida y de curiosidad compartida. Unas 100 personas, llegadas desde parroquias cercanas y también desde el interés personal, se reunieron para escuchar y dialogar en torno a una pregunta de fondo: qué significa hoy “misión” cuando se vive desde el acompañamiento, la comunidad y el aprendizaje mutuo.
La tarde arrancó con un tono cercano. De 19:30 a 19:45, el pintopote hizo de bienvenida sencilla. A las 19:45, el murmullo fue bajando y el encuentro tomó forma de mesa redonda, moderada por Ivan Benko, que desde el primer momento resaltó que el objetivo no era encadenar entrevistas, sino a conversar. Con una regla práctica —respuestas desde el corazón, ejemplos concretos y tiempos cuidados—, se propuso un recorrido por bloques que ayudó a ordenar tanto la escucha como las emociones.

Koldo Muro, delegado de las Misiones diocesanas, presentó las tres miradas complementarias de la mesa. Matilde Rivera, religiosa marianita (Congregación de Santa Mariana de Jesús), ecuatoriana de Chimborazo, con más de 15 años de presencia misionera en Kaikor, Kenia. Ketty Vidal, laica de Cojimíes, vinculada a Cáritas parroquial y responsable del proyecto “Casa del Niño”, con una biblioteca fija y otra móvil para llegar a zonas rurales del norte de Manabí. Y Cristina Gabirondo, misionera de Zizurkil, que este verano vivió una experiencia misionera reciente en Kaikor con las hermanas Marianitas. Aquí, quizá, se encontraba la primera enseñanza de la tarde: la misión tiene nombre propio, rostro y biografía.
Vocación y llamada: el “sí” de cada día
El primer bloque fue directo al centro: “¿Qué ‘sí’ estás viviendo hoy? ¿Qué te sostiene para seguir?” No se habló en abstracto. Aparecieron palabras como fidelidad cotidiana, cansancio, confianza, comunidad y personas que orientan. En el hilo de las repreguntas —momentos clave, figuras que acompañan, cómo sostenerse cuando se duda— se dibujó un punto común entre trayectorias muy diferentes: nadie sostiene una misión a solas. La vocación, se intuía en las respuestas, no es una idea bonita: es una decisión renovada, muchas veces pequeña, que se apoya en vínculos reales.
“Bajar a tierra”: territorio, necesidades y escenas del día a día
En el segundo bloque la conversación se volvió todavía más visual y la sala entró en modo escucha fina: un rostro, una escena, una puerta que se abre… La misión dejó de ser un concepto para convertirse en rutinas, distancias, decisiones y prioridades.
En el caso de Matilde, con su larga presencia en Kaikor, aparecieron aprendizajes de fondo: escuchar una cultura sin imponer, dejar que el tiempo haga su trabajo, entender que “ayudar” no es llevar una respuesta cerrada sino aprender a preguntar mejor. Al hablar de necesidades urgentes y respuestas realistas, se percibió una perspectiva que solo da la permanencia: distinguir entre lo que “sería ideal” y lo que puede sostenerse de verdad con la gente del lugar.

Ketty puso el foco en lo comunitario desde otro ángulo: el de un proyecto que crece con la gente, no “para la gente”. “Casa del Niño” —y especialmente la biblioteca móvil— apareció como un ejemplo tangible de cómo una iniciativa pequeña puede abrir oportunidades: niños que se enganchan a la lectura, familias que se implican, comunidad que se organiza.
Y Cristina, desde su experiencia reciente en Kenia, aportó ese contraste tan valioso: los momentos pequeños que cambian la mirada y que te siguen marcando en tu vida incluso a la vuelta de la misión.
Aprendizajes, choques y esperanzas: cuando la misión te cambia
El tercer bloque conectó las experiencias entre sí con preguntas que no buscaban épica, sino verdad: qué fue lo más difícil (recursos, idioma, ritmo, expectativas), qué ideas falsas hubo que desmontar, dónde se ve esperanza concreta.

Ese intercambio dejó algo claro: las tres, desde lugares distintos, coincidían en una intuición: la misión no es control, es relación. Y en relación aparecen choques —de expectativas, de ritmos, de mentalidades—, pero también una esperanza “no ideal”, una esperanza que se mide en pasos reales, en procesos lentos, en dignidad cuidada.
Colaboración: Iglesia, comunidad y misión
En el cuarto bloque, la conversación se volvió más accionable: alianzas que lo hacen posible, lo que funciona y lo que no. Se habló del papel de liderazgos locales, de la ayuda y liderazgo de los sacerdotes y obispos de los territorios de misión, de la importancia de la preparación cuando alguien va por primera vez a una experiencia misionera.
Preguntas del público: la sala también entra en la mesa
A partir de las 20:30 y hasta las 21:00, el encuentro se abrió al público. Y la sala respondió: preguntas directas, matizadas, a veces muy prácticas. Asomaron cuestiones como la realidad del día a día, la relación con las autoridades locales, los recursos disponibles…
Un cierre con sabor a compromiso
El final mantuvo el tono de toda la tarde: agradecimiento sin grandilocuencia, y una idea que quedó flotando con fuerza. La misión, tal como se fue dibujando en el encuentro, no es “ir a hacer”, sino ir a aprender, acompañar, construir con otros… y dejarse transformar. Esa frase —más intuida que proclamada— pareció resumir lo que se había escuchado: que la distancia no es lo que define la misión, sino la manera de situarse ante el otro.
El encuentro terminó como empezó: con cercanía y espiritualidad. El sacerdote José Ramón Treviño dirigió una oración para recordar a todos los que sufren, enfatizando que el Crucificado está junto a todas las cruces de nuestro mundo
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