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Ignacio Bergera: una vocación capuchina entregada durante 33 años a la misión en Chile 

Ignacio Bergera: una vocación capuchina entregada durante 33 años a la misión en Chile 

A sus 87 años, el padre Ignacio Bergera contempla su vida desde la serenidad del convento de San Sebastián de Hano, en Montehano, junto a las marismas de Santoña. Fraile y sacerdote capuchino, su trayectoria de fe ha recorrido geografías y realidades muy distintas: la vida familiar en Alsasua, los estudios de Económicas, el trabajo en la banca, la llamada a la vida religiosa y más de tres décadas de misión en Chile.

En esta entrevista, Ignacio Bergera regresa a sus orígenes para recordar cómo se fue formando una vocación marcada por la fe, el trabajo, la fraternidad y el servicio a los demás.

 

Una infancia entre doce hermanos

Ignacio Bergera nació en Alsasua y creció en una familia de doce hermanos. La vida familiar estaba necesariamente marcada por la convivencia, el reparto de responsabilidades y la colaboración de todos.

En aquella casa de campo había mucho trabajo que realizar. Algunos de los hermanos se ocupaban de los animales y los llevaban al monte; otros ayudaban en la fragua o colaboraban en las distintas tareas familiares. Desde pequeños aprendieron que cada uno debía aportar aquello que podía y que el esfuerzo cotidiano era necesario para sostener la vida común.

Aquella infancia le enseñó el valor del trabajo, el sacrificio y la fraternidad. La convivencia entre tantos hermanos exigía aprender a compartir, a ceder y a estar pendiente de las necesidades de los demás. Con el paso del tiempo, esas experiencias resultarían fundamentales en su vida como fraile y como misionero.

La fe también ocupaba un lugar importante en la familia. La religiosidad no se reducía a determinados momentos o celebraciones, sino que formaba parte de la vida diaria. La oración, la participación en la misa y las costumbres cristianas del hogar contribuyeron a crear el ambiente en el que fue creciendo su relación con Dios.

De la banca a la vida capuchina

Antes de ingresar en la vida religiosa, Ignacio Bergera estudió Económicas y comenzó a trabajar en un banco. Con una novia, un trabajo estable y una casa ya en propiedad, su futuro vital y profesional parecía encaminado. Sin embargo, en medio de aquella normalidad comenzó a percibir una llamada diferente. La posibilidad de dejar su profesión y orientar toda su vida hacia Dios fue abriéndose paso poco a poco, acompañada también de dudas, temores y preguntas.

En la historia familiar había, además, un recuerdo significativo. Tiempo atrás, un fraile capuchino había dicho a su padre, Manuel, que alguno de sus hijos llegaría a ser sacerdote. Aquellas palabras despertaron una gran ilusión en él. Cuando Ignacio decidió ingresar en los capuchinos, la familia pudo contemplar aquella vocación como el cumplimiento de una esperanza largamente guardada.

La decisión no significaba únicamente abandonar un trabajo, sino cambiar por completo de horizonte. Ignacio debía dejar atrás una vida aparentemente resuelta para entrar en un camino de formación, fraternidad, pobreza, obediencia y servicio.

Entre las distintas formas de vida religiosa, eligió la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, dada la presencia de esta orden en Alsasua. Le atrajeron la sencillez franciscana, la vida fraterna, la cercanía a las personas y la figura de san Francisco de Asís, cuya espiritualidad propone vivir el Evangelio desde la humildad, la alegría y el desprendimiento.

La llamada a cruzar el océano

Su vocación capuchina adquirió posteriormente una dimensión misionera. Ignacio Bergera sintió que su entrega podía llevarlo más allá de su tierra y aceptó marchar a Chile.

La despedida de la familia y el viaje al otro lado del océano supusieron el comienzo de una etapa completamente nueva. Los misioneros partían dejando atrás sus lugares conocidos, sin saber con exactitud qué dificultades encontrarían, pero con la disposición de compartir la vida y la fe con las comunidades a las que eran enviados.

La llegada a Chile fue rápida, ya que lo acompañaron muchos hermanos en aquella travesía (incluido el que a la postre fuera el obispo de Aguarico, Monseñor Alejandro Labaka, muerto en la Amazonia), y ya en el desembarco la cultura se le hizo acogedora y familiar.

Durante 33 años, el padre Ignacio desarrolló allí una parte fundamental de su ministerio. En las comunidades pobres y humildes, su labor estuvo vinculada a la celebración de los sacramentos, la atención pastoral, el acompañamiento de las comunidades y la cercanía a las personas en sus alegrías, dificultades y necesidades.

La vida misionera estaba hecha de tareas cotidianas, largos desplazamientos, encuentros, celebraciones, visitas y momentos de oración. También estuvo marcada por experiencias de gran alegría y por situaciones difíciles que pusieron a prueba su fortaleza y su confianza en Dios.

Después de más de tres décadas, el balance no puede medirse únicamente por aquello que él pudo aportar. Chile, sus gentes y sus comunidades dejaron también una huella profunda en su manera de comprender la fe, el sacerdocio y la misión. Como sucede en toda experiencia misionera auténtica, quien parte para entregar su vida descubre que también recibe mucho más de lo que había imaginado.

Una vida sostenida por la oración

Actualmente, el padre Ignacio vive en el convento de San Sebastián de Hano, en Montehano (Cantabria). Esta última etapa de su ministerio tiene un ritmo distinto al de sus años de misión, pero conserva el mismo sentido de entrega.

Su vida gira ahora en torno a la celebración de la Eucaristía, la oración, el acompañamiento de las personas y las tareas cotidianas de la comunidad. Son servicios sencillos y discretos mediante los cuales continúa poniendo su tiempo y su experiencia al servicio de los demás.

Desde la perspectiva que ofrecen los años, contempla también la situación actual de la Iglesia y una sociedad profundamente secularizada. Junto al alejamiento de muchas personas de la práctica religiosa, percibe igualmente la búsqueda espiritual y el interés por la fe que se manifiestan entre algunos jóvenes.

Su testimonio recuerda que el ser humano no encuentra una felicidad profunda únicamente en el bienestar material, el éxito o la seguridad. Para Ignacio Bergera, la apertura a Dios permite descubrir un sentido que sostiene la vida tanto en los momentos de alegría como en las dificultades.

Desde aquella casa de doce hermanos en Alsasua hasta las comunidades chilenas en las que pasó más de 30 años, su historia ha estado marcada por una misma llamada: vivir con sencillez, acompañar a las personas y poner su vida al servicio de Dios y de los demás.

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