Entrevista a Enrique Ormazabal
La semana pasada, Enrique Ormazabal le concedió su primera entrevista como sacerdote a la Delegación de Comunicación de la Diócesis de San Sebastián. En la conversación con Ivan Benko, el joven presbítero relata cómo, tras alejarse de sus creencias religiosas durante su etapa universitaria y atravesar una severa depresión de tres años, encontró sanación y un nuevo propósito vital a raíz de un retiro de Emaús al que acudió por insistencia de su madre. Este punto de inflexión lo llevó a involucrarse activamente en la pastoral parroquial y juvenil, venciendo sus reticencias iniciales hasta abrazar plenamente la llamada al sacerdocio.
Ivan Benko:
Siempre es motivo de alegría compartir un rato con una persona que encuentra su camino; alguien que, dentro de esta sociedad enajenada por tanto ruido, es capaz de escuchar esa brisa que nos conduce, como una brisa de otoño que nos dice para qué estamos hechos.
Y me produce una alegría especial, permitidme que lo diga, que esa vocación sea además sacerdotal: la de alguien que elige entregar su vida a Dios como sacerdote. No porque la vocación sacerdotal sea más importante o esté por encima de otras vocaciones igualmente auténticas y honradas, sino porque, entre otras razones, para la vida de las comunidades cristianas y para la vivencia de la fe es fundamental contar con sacerdotes que nos acompañen, nos guíen y administren los sacramentos.
Necesitamos sacerdotes, y necesitamos sacerdotes jóvenes que afronten con energía los retos del presente; que sepan tener una mirada joven, hacer lo de siempre, pero no como siempre, y desenvolverse en un mundo tan exigente como el nuestro: un mundo de digitalización en el que cada vez nos tocamos menos; un mundo de comunicación en el que, paradójicamente, estamos más incomunicados que nunca; un mundo lleno de datos y, a la vez, de desconocimiento.

En medio de todos estos retos necesitamos también sacerdotes. Pero ninguna de esas necesidades tendría sentido si la vocación no fuera auténtica. Podemos caer en una visión excesivamente utilitarista de las vocaciones sacerdotales y pensar: necesitamos sacerdotes para celebrar misa, administrar los sacramentos, atender los grupos parroquiales o, simplemente, para que haya un cura más en la Diócesis de San Sebastián.
Es una tentación comprensible, porque los necesitamos. Pero nada de eso tendría sentido si, en primer lugar, esa vocación no llenara de felicidad a la persona a la que Dios ha llamado al sacerdocio. Si es así y esa persona es feliz, entonces es una bendición. Y quizá parte de esa alegría pueda derramarse también sobre la tierra que pisamos todos los cristianos y hacerla más fértil.
Y precisamente en esa tierra nos encontramos hoy, acompañados por Enrique Ormazabal, que el pasado 13 de septiembre fue ordenado sacerdote en la Catedral del Buen Pastor de San Sebastián, convirtiéndose en un nuevo pastor de nuestra diócesis.
Así que Enrique ya no es solamente nuestro amigo —que, por supuesto, lo es y lo seguirá siendo—, sino que además es ahora el padre Enrique. Para mí es una enorme alegría darte la bienvenida. Bienvenido, Enrique.
Enrique Ormazabal:
Gracias, Iván.
I.B.:
Lo primero que quiero preguntarte es cómo has vivido estos últimos días. Hablé contigo el día de tu ordenación y, como es normal, estabas nervioso, pero también muy ilusionado. ¿Cómo han sido los días previos y posteriores a la ordenación? ¿Cómo te encuentras ahora?
E.O.:
Los nervios terminaron el mismo día de la celebración. La verdad es que comencé la procesión de entrada completamente taquicárdico, pero, a medida que avanzaba la ceremonia y veía tantas caras conocidas y a tantos sacerdotes que habían querido acompañarme en un momento tan importante, fui tranquilizándome.
Terminé la ceremonia pletórico, así que los nervios ya han desaparecido. Lo que sí permanece es la emoción de esta primera semana. Ya he podido celebrar la Eucaristía con mis parroquianos, con las monjitas que tenemos en Bergara y también con los jóvenes de San Sebastián. He estado en diferentes lugares e incluso he podido celebrar ya el sacramento del perdón, de la penitencia.
La verdad es que el Señor me está cuidando muchísimo y, de momento, me estoy dejando querer. Estoy como en una nube. Como decía el obispo, ya aterrizaré, y espero hacerlo con buen pie.
I.B.:
El obispo decía también en su homilía que este no es el punto final de tu vocación. Tampoco lo fue el diaconado; el sacerdocio era un paso más. Desde luego, podríamos decir que supone un punto y aparte, porque ahora comienza a desarrollarse plenamente tu vocación junto a tu pueblo.
Eso es el presente. Pero ¿cuándo comenzó la llamada? ¿En qué momento empezaste a sentir que la vocación sacerdotal podía estar llamándote a ti, Enrique Ormazabal?
E.O.:
Me gustaron mucho unas palabras que pronunció don Fernando durante la homilía. Decía que el sacerdote, más que un hombre que habla de Dios, tiene que ser un hombre que habla con Dios. Y creo que ahí debe residir la fuerza de nuestra vocación.

La ordenación no es un punto final, porque estamos llamados a seguir creciendo en el amor a Dios y en el amor a los hermanos. Y eso solamente se puede hacer pasando tiempo ante el sagrario, en oración, y estando al servicio de la feligresía.
Y sí que hay un momento en el que empecé a sentir esa llamada. No soy consciente de haber experimentado ninguna llamada especial cuando era niño o adolescente. En mi caso, surgió precisamente a raíz de un alejamiento del Señor.
Cuando cumplí la mayoría de edad me fui a estudiar Magisterio a la Universidad de Navarra y allí abandoné por completo la vida espiritual: dejé la oración, la confesión y también dejé de ir a misa.
Aquello que me había hecho muy feliz durante toda mi vida desapareció y la pérdida de esa vida espiritual terminó sumiéndome en una depresión bastante profunda. Estuve así durante unos tres años, recibiendo tratamiento psiquiátrico y tomando diferentes medicamentos: para la depresión, para poder conciliar el sueño —porque era incapaz de dormir— y también para poder concentrarme a la hora de estudiar.
La depresión comenzó cuando terminé los estudios de grado y empecé un máster en Intervención Educativa y Psicológica. Durante tres años estuve trabajando con el psiquiatra e intentando salir de aquella situación, pero con poco éxito. De hecho, cada vez iba a peor.
Recuerdo que, cuando estaba completamente hundido, vino mi ama y me dijo:
—Oye, Enrique, te he apuntado a un retiro.
Mi respuesta fue inmediata:
—No voy a ir.
Entonces me explicó que había hablado con los responsables del retiro sobre mi situación y que habían hecho una excepción conmigo. Siempre he sido una persona bastante obediente y, cuando me dijo aquello, pensé: «Bueno, pues voy».
Recuerdo especialmente las palabras que me dijo antes de empezar:
—Mira, Enrique, abre tu corazón. Si lo abres, el Señor va a sanar todas tus heridas.
Y lo primero que pensé —ya le he pedido perdón a mi ama por ello— fue: «Esta mujer es tonta». Yo había estado en mil peregrinaciones, mil eucaristías, mil convivencias… Habían sido experiencias buenas, sí, pero ninguna de ellas me había cambiado la vida.
Sin embargo, fui a aquel retiro, que era un retiro de Emaús, y allí me encontré frente a frente con el amor de Dios. Descubrí que Dios era capaz de perdonar incluso aquellas cosas de mi vida que yo mismo no era capaz de perdonarme. Y salí de allí con una paz impresionante.
A partir de entonces empecé a pensar: «La vida con el Señor es maravillosa; sin Él no tiene sentido. ¿Dónde quiere el Señor que entregue mi vida?».
Así que empecé a apuntarme a todo. Fui catequista en la parroquia de San Ignacio, en Gros; participé como monitor en distintas actividades de pastoral juvenil… Quería descubrir qué esperaba Dios de mí y en qué lugar me quería.
Cuando la gente me preguntaba, yo decía que estaba abierto a cualquier vocación y a cualquier posibilidad. Pero, en el fondo, me daba auténtico pánico que el Señor pudiera llamarme al sacerdocio. De hecho, yo le decía a Dios: «Mira, ya tienes a un hermano de la familia…».

I.B.:
Uno de tres no está mal.
E.O.:
Eso es. Pensaba: «Ya has cubierto el cupo». Pero, a medida que iba haciendo oración y me enamoraba más del Señor, también me iba enamorando de la historia que Él quería hacer conmigo, aunque todavía no supiera exactamente cuál era ese camino.
Hasta que llegó un momento en el que empecé a notar que, cuando el Señor me sugería en la oración la posibilidad del sacerdocio, mi corazón vibraba de alegría.
Y yo era consciente de que aquella alegría no procedía de mí, porque a mí la idea me producía miedo y rechazo. Entonces entendí que aquello podía venir del Señor y me lancé a la piscina, sabiendo además que los años de seminario son precisamente una etapa de discernimiento, un tiempo para comprobar si aquello que uno ha percibido realmente es o no su vocación.
I.B.:
Vivimos en una sociedad con mucho miedo. Somos muy dependientes de las noticias que recibimos a través de los medios de comunicación. Igual que la sociedad estadounidense creció durante décadas con el temor de un posible conflicto nuclear con la Unión Soviética, nosotros convivimos hoy con otros miedos: una posible guerra, el desarrollo de la inteligencia artificial, una nueva pandemia…
Vivimos rodeados de incertidumbre, y también los jóvenes viven con miedo.
¿Crees que es posible superar ese miedo? ¿Podemos pasar de vivir con temor a vivir con valentía solamente mediante la razón y el análisis de los hechos, o consideras que la fe es fundamental?
Porque, escuchando tu historia, entiendo que no solamente saliste de una depresión —que es muchísimo más que estar triste—, sino que quizá también había en ti cierto miedo a vivir. Y, gracias a la oración y a aquel retiro, encontraste una valentía nueva.
¿Crees que este mundo puede encontrar valentía sin oración y sin espiritualidad, o que necesitamos reconciliarnos, como personas y como sociedad, con nuestra dimensión espiritual?

E.O.:
Creo que la fe desempeña aquí un papel fundamental. Como decías, vivimos en un mundo muy difícil, muy complicado y, en algunos aspectos, cada vez más enfermo. Hay muchísimo activismo, todo sucede de una manera frenética, los cambios son constantes y uno puede acabar completamente desubicado, sin saber cuál es su lugar.
Creo que quien nos trae esperanza en medio de todo eso es Jesucristo y, concretamente, la cruz.
En el fondo, muchos de nuestros miedos —al sufrimiento, al qué dirán, al rechazo— son de alguna manera un miedo a la muerte: a morir a nosotros mismos o, incluso, a preguntarnos qué habrá después de nuestra muerte, qué será de nuestra vida, si existe algo más.
Precisamente Jesucristo ha venido a traernos esperanza y a decirnos que la cruz y las dificultades no tienen la última palabra. Nuestros propios problemas pueden convertirse, además, en momentos de encuentro personal con Dios, porque Él no se ha desentendido de nosotros. Al contrario: nos ha amado tanto que ha dado su vida por nosotros.
Por eso considero que la fe en un Dios que ha entregado a su Hijo, lo más preciado, por nosotros, es fundamental para romper esas barreras de miedo y vivir desde la esperanza.
Jesucristo no ha venido a darnos malas noticias, sino la mejor de todas: tenemos un Dios que nos ama infinitamente, que nos quiere con Él en el cielo y que ha dado respuesta incluso a la muerte. Porque la historia no termina con la muerte de Jesucristo: al tercer día resucita.

I.B.:
Cuando te encontrabas inmerso en aquella depresión, en aquella especie de guerra fría contigo mismo, ese retiro cambió algo y te reactivó.
En la medida en que puedas contarlo, ¿qué tuvo de diferente? Tú mismo pensabas: «He ido a un montón de retiros y ninguno me ha cambiado». ¿Por qué crees que este sí lo hizo?
¿Fue por el planteamiento del propio retiro, por las personas que te rodearon, porque sencillamente fue el momento que Dios eligió para decirte: «Enrique, a partir de aquí vas a remontar»? ¿Fue una combinación de todo? ¿Qué encontraste de especial?
E.O.:
Imagino que sabréis que son retiros de los que no se puede contar demasiado…
I.B.:
Sí, por eso te pido solamente que cuentes lo que se pueda contar.
E.O.:
Exactamente. Sin desvelar demasiado, porque sucede un poco como con una película: si alguien te la cuenta entera antes de ir al cine, pierde buena parte de la gracia. Por eso no se habla demasiado de las dinámicas concretas del retiro. No hay nada extraño detrás.
Creo que, como tú has dicho, fue una combinación de distintos factores: ver la transformación que el Señor había obrado en la vida de otras personas; encontrar una comunidad en la que podía compartir lo que llevaba dentro sin vergüenza, sin miedo y sin sentirme juzgado; y percibir también que, a través del Espíritu Santo, el Señor estaba actuando especialmente en mí durante aquel retiro.
No hubo un único elemento que me levantara y tirara de mí hacia arriba. Fueron varios.
Evidentemente, lo fundamental fue experimentar el amor de Dios hacia mí. Sentir que Dios quería sacarme de aquel atolladero y que era Él quien tenía el poder de hacerlo.
Y realmente lo hizo.
Yo no esperaba que, en un retiro de un fin de semana, en tres días, el Señor pudiera obrar aquello que nosotros llevábamos tres años intentando solucionar con ayuda del psiquiatra.
Al Señor le bastaron aquellos tres días.

I.B.:
Y también dejaste la medicación.
E.O.:
Sí, la dejé directamente.
Me gusta mucho la comparación porque Jesucristo estuvo tres días en el sepulcro y al tercer día resucitó. Yo estuve en el retiro viernes, sábado y domingo, y aquel domingo fue también, de alguna manera, como experimentar personalmente una resurrección.
Fue algo muy bonito. Y a partir de ahí comenzó todo el cambio, toda la transformación interior.
I.B.:
Me gustaría aprovechar esta entrevista para rendir también un pequeño homenaje a tus aitas, a tus padres.
Estos son días de celebración. Todo el mundo comenta con alegría que tenemos un nuevo sacerdote, pero detrás de tu vocación está Dios y, en tu caso, también están unos padres con nombres y apellidos.
Ya nos has contado cómo te ayudaron y cómo tu madre, concretamente, fue una persona clave en aquel momento para que fueras al retiro y pudieras remontar.
Quiero preguntarte por la fe de tus padres: hasta qué punto fue importante durante tu infancia, cómo influyó positivamente en vuestra familia y qué supone para ellos ver ahora a dos hijos sacerdotes y a otro recién casado, que es también un enorme motivo de alegría.
Cuéntanos cómo fue esa educación en la fe y cómo están viviendo ellos ahora este momento.
E.O.:
Voy a empezar hablando de mi amona, porque ella siempre decía que una de sus mayores ilusiones era tener un nieto fraile.
Ninguno de nosotros somos frailes, pero imagino que, desde el cielo, mi amona estará también emocionada y contenta al ver que le han salido dos nietos sacerdotes diocesanos y otro, como has dicho, recién casado. Al final, tres nietos que han encontrado su camino.
Y los aitas, por supuesto, han sido fundamentales durante todo este recorrido. Nos han educado muy bien.
Recuerdo, por ejemplo, cómo durante mi infancia el aita nos contaba historias de aventuras antes de acostarnos, mientras que el ama muchas veces nos hablaba de personajes de la Biblia: Abraham, Isaac, Jacob… Nos contaba historias bíblicas, las parábolas de Jesús y sus milagros.
Hemos vivido siempre la fe con muchísima naturalidad en casa.
Mis padres pertenecen a una realidad de la Iglesia, el Camino Neocatecumenal, y siempre han querido transmitirnos ese regalo. Del mismo modo que Dios había salvado sus vidas y se había convertido en el centro de ellas, querían que nosotros también pudiéramos conocerlo.
Creo que han hecho una labor fantástica. Además, han sido fundamentales en mi vida porque, incluso en los momentos malos, supieron sostenerme y tuvieron una paciencia enorme conmigo. Nunca se vinieron abajo delante de mí. Me sostuvieron con sus oraciones y también asumieron muchísimo sufrimiento interior por mi situación.
A mí no me lo mostraban, pero sé que sufrieron. Me quieren tanto que verme mal hacía que ellos también lo pasaran mal. Sin embargo, en lugar de cargarme con ese sufrimiento, siempre me transmitieron apoyo, fuerza, fe y oración.
I.B.:
Precisamente hablando de oración, la Diócesis de San Sebastián tiene en marcha una propuesta llamada Vocatio, destinada a rezar por las vocaciones y, especialmente, por las vocaciones sacerdotales.
Comentaba al principio que es fácil caer en la tentación de desear sacerdotes simplemente porque los necesitamos. Pero, antes de eso, tiene que existir una vocación auténtica, que haga feliz a la persona llamada, como sucede en tu caso.
¿Por qué es tan importante rezar por las vocaciones? ¿Y por qué es fundamental que esas vocaciones sean auténticas y que no veamos al sacerdote simplemente como una especie de funcionario que celebra misas y nos presta unos servicios, sino como alguien llamado a configurarse con Cristo?

E.O.:
En primer lugar, es fundamental rezar por las vocaciones porque nos lo pide el mismo Jesús: «Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies».
La verdad es que estoy muy ilusionado con la iniciativa Vocatio de nuestro obispo, don Fernando, que reúne a los jóvenes para rezar por las vocaciones.
También nos ha pedido que en las distintas parroquias formemos grupos, los llamados Centinelas de la Mañana, para rezar específicamente por esta intención.
Nosotros ya teníamos en Bergara un grupo que se reúne todos los jueves para rezar y compartir un momento de oración comunitaria delante del Santísimo Sacramento, de Jesús presente en la Eucaristía. A raíz de la propuesta de don Fernando, hemos querido incorporar también de una manera especial la oración por las vocaciones.
No recuerdo quién decía que un buen discernimiento del noviazgo, por ejemplo, no es necesariamente aquel que termina en matrimonio, sino aquel que lleva a hacer la voluntad de Dios.
Con los sacerdotes ocurre exactamente lo mismo. Un buen seminarista no es necesariamente el que termina ordenándose sacerdote, sino aquel que acaba descubriendo cuál es el camino que Dios tiene para él y cumple su voluntad.
Por eso es tan importante que existan vocaciones auténticas, personas verdaderamente enamoradas del Señor, ya sean matrimonios, religiosos, monjes, monjas o sacerdotes. Lo fundamental es cumplir la voluntad de Dios.
Es cierto que un sacerdote puede hacer muchísimo bien, pero también puede hacer mucho daño.
Llegarán momentos de crisis y momentos difíciles, pero eso sucede en cualquier vocación. Y que llegue una crisis no significa necesariamente que nos hayamos equivocado en nuestra decisión o en nuestro discernimiento.
El Señor también nos acompaña durante esos momentos. Creo que las crisis incluso son necesarias para purificarnos, hacernos más humildes y recordarnos que nuestra vida la lleva Él, no nosotros; que no depende únicamente de nuestras fuerzas, sino de su gracia.
I.B.:
Todos podemos atravesar momentos difíciles dentro de nuestra vocación. Tú también has pasado en tu vida por una especie de noche oscura del alma, pero ahora estamos en un momento de luz.
Este 26 de septiembre celebrarás tu primera misa solemne, con la presencia del obispo don Fernando. Ya has vivido la ordenación, pero imagino que esta celebración también te hace muchísima ilusión.
¿Crees que esa luz que ahora sientes y que se refleja en ti puede inspirar también a alguien que nos esté escuchando y ayudarle a comprender que siempre puede haber luz al final del túnel?

E.O.:
Sí. Decía Madre Teresa de Calcuta que somos instrumentos en manos de Dios. Y a mí, por supuesto, me gustaría ser un instrumento dócil, que el Señor pueda ir moldeando y a través del cual muchas personas puedan encontrarse con esa luz y con el amor de Dios.
El sacerdote está llamado a ser otro Cristo en la tierra, a hacer de puente entre Dios y los hombres: a acercar a Dios a los hombres y a acercar también a los hombres a Dios.
Por eso le pido al Señor que me dé humildad para comprender que yo no soy el centro y que debo dejarle siempre a Él ocupar el primer lugar.
También le pido que no termine creyéndome demasiado importante. Porque, en el momento en que se me suba el ego a la cabeza, seguramente dejaré de servir al pueblo de Dios como merece y empezaré a buscar reconocimiento, aplausos o que alguien me diga: «Qué bueno eres, Enrique; qué bien haces las cosas».
Ese es un peligro en el que podemos caer y creo que es importante ser conscientes de ello.
Aquí a quien tenemos que seguir es a Cristo. Él mismo nos lo pide y esa es también mi tarea.
Por eso, si en algún momento alguien se da cuenta de que me estoy desviando un poco del camino, que me dé un toque de atención: «Oye, Enrique, creo que esto se te está subiendo un poco a la cabeza».
Tenemos que mantener los pies en la tierra al mismo tiempo que miramos al cielo, porque esa es la meta a la que aspiramos. Pero sin convertirnos nosotros en protagonistas: dejando que el protagonista sea siempre el Señor.

I.B.:
Quiero terminar con una última pregunta. Es posible que algún joven que nos esté viendo o escuchando se encuentre ahora mismo anímicamente muy mal, atravesando un momento muy bajo. Tú has hablado desde la fe, pero quizá esa persona esté alejada de Dios o rechace completamente la fe.
¿Qué mensaje de ánimo le darías a un joven que está lejos de la Iglesia y que atraviesa un momento difícil? ¿Qué le dirías para ayudarle a salir adelante y a descubrir que la vida está llamada a ser plena?
E.O.:
Estamos hechos por Dios y para Dios. Él nos ha creado y Él quiere salvarnos.
Es nuestra roca, aquella a la que podemos agarrarnos en los momentos de tormenta, sabiendo que una tormenta puede durar un tiempo, pero siempre termina y, finalmente, vuelve a salir el sol.
Para eso estamos también los sacerdotes: para intentar levantar a quienes están desanimados, a quienes no encuentran sentido a su vida o no consiguen ver ninguna esperanza.
Que no tengan miedo de acercarse a un sacerdote. Encontrarán a alguien que los va a escuchar y que, quizá, pueda acertar también con algún consejo. Pero, sobre todo, que no tengan miedo, porque es Dios quien nos salva y quien puede volver a levantarnos.

Evidentemente, el Señor nos quiere felices, pero eso no significa que todas las etapas de nuestra vida vayan a ser de color de rosa.
Por eso es tan importante sujetarnos a la cruz del Señor. Aquí, en la capilla, no tenemos una cruz vacía: vemos en ella a Cristo.
Las dificultades y los sufrimientos pueden convertirse también en momentos importantes de encuentro con ese Señor que ha sufrido en su propia carne por nosotros.
Eso nos da confianza y nos demuestra que aquello que predicamos no son palabras vacías. Tenemos realmente un Dios que nos comprende, que se ha atrevido a hacerse uno de nosotros y que ha sufrido por nosotros y con nosotros.
I.B.:
Enrique, con este mensaje tan bonito solamente me queda darte las gracias.
Igual que tú agradeciste a Ander su valentía en tus palabras finales, yo quiero agradecerte a ti la tuya. Gracias por tu valentía, por tu vocación y por haber encontrado un hueco para esta entrevista dentro de una agenda que, ahora que eres sacerdote, empieza a llenarse.
Rezaremos por ti. Y, de vez en cuando, quizá volvamos a molestarte para alguna otra entrevista.

E.O.:
No será ninguna molestia.
Y seguid rezando por mí. Yo también seguiré rezando por toda la feligresía de nuestra Diócesis de San Sebastián y, especialmente, por mis feligreses, porque las oraciones de los demás nos sostienen.
Yo mismo he experimentado personalmente esa realidad. Las oraciones de mi familia me sostuvieron durante uno de los momentos más difíciles de mi vida.
Así que os pido eso: no dejéis de rezar por mí, que yo también me acordaré de vosotros.
I.B.:
Cuenta con ello. Mila esker, Enrique.
E.O.:
Eskerrik asko.
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