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Berpizkunde Igandea

Berpizkunde Igandea

Fernando Prado gotzainaren homilia. Berpizkunde Igandea

Artzain Ona katedrala

Apirilak 5, 2026

Senide maiteok:

Egun on, guztioi. Benetan egun ona, ederra, zoragarria! Hoy la Iglesia entera proclama, con gran alegría, la noticia que cambia la historia y cambia también nuestra vida: Cristo ha resucitado. Piztu da Krito, Aleluia!

Y esto no es solamente un recuerdo bonito. No estamos evocando algo del pasado. Ez da aintzineko gauza bat. Estamos celebrando que Jesucristo vive. Que aquel que pasó por la cruz, por el sufrimiento y por la muerte, ha vencido. Y que esa victoria suya no se queda solo en Él, sino que viene a nuestro encuentro, a nuestra vida concreta, a nuestras luchas, a nuestras heridas, a nuestras esperanzas.

La secuencia de Pascua nos lo ha contado con una fuerza impresionante:

«Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta». Ese es el centro de este día. La muerte y la vida se han enfrentado. Bizitzak irabazi du. Kristok garaitu du heriotza! Ha vencido el amor de Dios.

El Evangelio que hemos escuchado es muy sobrio y muy hondo. San Juan no nos presenta una aparición gloriosa de Jesús resucitado. Nos lleva al sepulcro. Y nos dice que María Magdalena fue de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Todavía estaba oscuro. Dena ilunpetan zegoen. No solo fuera. También dentro. Oscuridad en el alma. Oscuridad de la pena. Oscuridad del desconcierto. Oscuridad de quien ama mucho y no entiende lo que ha pasado. Es la oscuridad de quien siente que algo muy grande se ha roto.

Eta orduantxe, hain zuzen ere, Paskoaren bidea irekitzen da. También nosotros conocemos esas horas en que todavía está oscuro. Esas situaciones en las que no vemos claro. Esas heridas que no terminan de cerrar. Esas preocupaciones que llevamos dentro. Esos momentos en los que uno parece seguir adelante, pero por dentro camina con peso. El Evangelio de hoy nos dice que Dios puede empezar algo nuevo precisamente ahí. Precisamente cuando todavía está oscuro. Hantxe, hain zuzen ere.

María ve la piedra removida. Corre a avisar a Pedro y al otro discípulo. Ellos también corren. Es bonito este detalle. El amor corre. Cuando algo importante está en juego, uno corre. Cuando el corazón está implicado, uno no se queda quieto. Cuando uno tiene un porqué, no le importan los cómos.

Pedro entra en el sepulcro. El otro discípulo entra también. Ve los signos: las vendas en el suelo, el sudario colocado aparte. Y entonces el Evangelio dice una frase breve, pero inmensa: “Vio y creyó”.

Vio y creyó.

Todavía no había visto a Jesús resucitado. Había visto signos. Había visto un vacío lleno de misterio. Había visto huellas. Pero en esas huellas empezó a abrirse camino la fe.

Y eso también nos ilumina a nosotros. Porque muchas veces querríamos ver más claro, tener pruebas contundentes, entenderlo todo. Pero normalmente Dios no entra así en nuestra vida. El Resucitado suele abrirse paso de una manera más humilde, más discreta, pero muy real: en una palabra del Evangelio que nos toca, en una paz inesperada, en una nueva fuerza para seguir adelante, en una esperanza que vuelve, en una persona que nos sostiene, en una comunidad que acompaña, en una herida que empieza a cicatrizar, en una fidelidad que permanece. Son pequeños signos tal vez. Y quien mira con amor, acaba viendo más hondo.

La primera lectura, cuando Pedro habla en casa de Cornelio, resume muy bien el centro de la fe cristiana. Pedro no anuncia una teoría. No transmite una idea religiosa. Da testimonio de Jesús. De Jesús que pasó haciendo el bien. De Jesús que fue entregado y murió. Y de Jesús a quien Dios resucitó al tercer día. Y añade algo precioso: que «todo el que cree en Él recibe el perdón de los pecados».

Eso quiere decir que la Resurrección no es solo una noticia sobre Jesús. Es también una noticia sobre nosotros. Quiere decir que el mal no tiene la última palabra. Que la tristeza, el pecado y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y la palabra definitiva de Dios sobre el mundo y sobre nuestra vida es Cristo resucitado.

Por eso la Pascua no es solo un consuelo. Es mucho más. Es una luz nueva sobre toda la realidad. Ayer por la noche insistía en esto durante la Vigilia de Pascua: no estamos hechos para la oscuridad. No caminamos hacia la nada. Venimos del amor y caminamos hacia el amor. Que en el origen de todo no está el absurdo, sino Dios. Y que al final tampoco está la nada, sino el abrazo del Padre.

Qué necesario es escuchar esto hoy. Porque hay momentos en que uno vive como si todo acabara estrellado contra la piedra del sepulcro. Como si la piedra fuese siempre más fuerte.

Pero hoy la Iglesia nos dice: no os quedéis ahí. No os quedéis mirando solo la piedra. No os quedéis encerrados en el sepulcro. Cristo ha resucitado. Y eso

significa que siempre se puede empezar de nuevo. Que hay futuro. Que hay esperanza. Que Dios puede abrir caminos donde nosotros solo vemos cierres. Que la gracia puede más que nuestra pobreza. Que el amor de Dios puede más que nuestras noches.

La secuencia de Pascua pone una pregunta bellísima en labios de la Iglesia:

«¿qué has visto de camino, María, en la mañana?». Y esa pregunta también se nos hace hoy a nosotros. ¿Qué vemos? ¿Solo lo que falta? ¿Solo la herida? ¿Solo la oscuridad? ¿O nos dejamos educar por la Pascua para mirar más hondo?

«A mi Señor, Glorioso, la tumba abandonada. Los ángeles testigos, sudarios y mortaja. Resucitó de veras, mi amor y mi esperanza». La fe no niega las heridas. Pero ya no las mira igual. Porque ahora sabe que Dios puede abrir vida incluso dentro de ellas. Esa es la gran noticia de hoy.

Queridos hermanos, nosotros no somos gente de sepulcro. Somos gente de Pascua. No estamos llamados a quedarnos encerrados en la resignación, en el miedo o en la tristeza. Estamos llamados a vivir con el corazón levantado. Con una esperanza humilde, sí, pero firme. Con la certeza de que el Señor vive. Con la certeza de que va por delante de nosotros. Con la certeza de que nada de lo nuestro le es ajeno.

Quizá hoy el Señor nos pide algo muy sencillo, pero muy hondo: que le dejemos entrar en aquello que todavía está oscuro. Que no demos por perdida ninguna situación. Que no absoluticemos nuestras heridas. Que aprendamos a descubrir sus signos. Que nos atrevamos, como el discípulo amado, a ver y creer.

Eska diezaiogun Jaunari bihotz argi bat. Un corazón capaz de reconocer su presencia. Un corazón que no se encierre en la piedra. Un corazón que se deje sorprender. Un corazón que vuelva a creer que la vida puede renacer.

Y que al celebrar hoy esta mañana santa podamos escuchar muy dentro de nosotros esta certeza que sostiene nuestra vida:

¡Cristo vive¡ Bizi da! Jauna, Bizi da!

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