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La Cuaresma, de nuevo (II)

La Cuaresma, de nuevo (II)

Queridos hermanos y hermanas:

Sí, la Cuaresma, de nuevo. Una vez más, el Señor nos sale al encuentro y nos regala un tiempo para volver a Él. No se trata simplemente de que vuelva una fecha del calendario, sino de que Dios, en su paciencia y en su ternura, vuelve a llamarnos por nuestro nombre, vuelve a invitarnos a abrirle el corazón y a ofrecernos la gracia de empezar de nuevo. La Cuaresma es ese tiempo humilde y verdadero en el que podemos dejar de huir de nosotros mismos, reconocer con sencillez nuestros pecados, nuestras resistencias y nuestras heridas, volver a Él sin excusas, sin disfraces y sin miedo; volver al Señor como somos y dejarnos abrazar por su misericordia. Él nunca se cansa de esperar ni de perdonar.

Como os decía en la primera entrega de este mensaje de Cuaresma, las tradicionales prácticas cuaresmales nos ayudan. Hoy quiero invitaros una vez más, como cada año por estas fechas, con afecto e insistencia, a redescubrir en esta Cuaresma el sacramento de la Penitencia. No como una obligación fría ni como una práctica del pasado, sino como un encuentro de gracia; no como un peso añadido, sino como una puerta abierta; como una experiencia de perdón y de misericordia. Así nos lo recordaba con fuerza el papa Francisco; y así nos lo ha recordado también el papa León XIV en el primer ángelus de esta Cuaresma, invitándonos a practicarla «generosamente», pues «al tiempo que nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da fuerza para superarlas y vivir, con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con Él y entre nosotros».

Si bien cada vez son más quienes redescubren la importancia de la práctica habitual del sacramento, es cierto que a muchos todavía hoy les cuesta confesarse. Lo sabemos. Cuesta por pudor, por la pérdida de la costumbre, por heridas antiguas y quizá por malas prácticas del pasado, por no saber bien cómo hacerlo o, simplemente, por vergüenza. Y, sin embargo, precisamente ahí el papa Francisco nos dejó una palabra muy luminosa: «avergonzarse ante Dios es una gracia». Esa vergüenza no nos aleja del Señor; bien vivida, nos acerca a Él. No es humillación estéril, sino verdad del corazón. Es la vergüenza buena del hijo que deja de justificarse y se pone, por fin, en manos del Padre.

No tengamos miedo a esa verdad. Cuando uno se acerca con sinceridad al sacramento, no encuentra un portazo, sino un abrazo; no encuentra reproche, sino misericordia; no sale aplastado, sino aliviado. Dios nos espera para levantarnos por dentro, para devolvernos la paz y para rehacer en nosotros la alegría de la salvación. La confesión no nos empequeñece: nos devuelve a la verdad, y con la verdad vuelve también la libertad.

Os invito a todos a redescubrir la belleza concreta de este sacramento. La Iglesia nos propone, de modo ordinario, la confesión personal e íntegra de los pecados, seguida de la absolución individual. Las formas extraordinarias del rito no se justifican, hoy por hoy, en nuestra situación. La celebración de este sacramento no es un mero formalismo, sino una expresión de la delicadeza con que Dios sale al encuentro de cada uno. El Señor no perdona en bloque, como si fuéramos una multitud anónima. Nos mira personalmente, nos escucha personalmente, nos cura personalmente. Por eso es tan importante recuperar con paz y convicción la costumbre de la confesión personal, humilde, concreta y sincera. También en esto el papa Francisco insistió mucho: no confesiones vagas, sino concretas, sencillas y «en verdad», sin esconder las propias miserias.

Al mismo tiempo, conviene cuidar bien la celebración del sacramento en nuestras parroquias y comunidades. Las celebraciones comunitarias de la penitencia tienen un gran valor, especialmente en Cuaresma, porque nos ayudan a escuchar la Palabra, a examinarnos, a pedir juntos la misericordia de Dios y a tomar conciencia de la dimensión eclesial de la reconciliación. Pero, tal como la Iglesia nos pide y mis antecesores han recordado tantas veces, estas celebraciones han de conducir a la confesión y absolución individual de cada penitente. Así se salvaguarda la verdad profunda del sacramento y se ayuda mejor a cada fiel en su camino de conversión.

Quisiera dirigir también una palabra fraterna a mis hermanos sacerdotes. Se nos confía aquí un ministerio preciosísimo. Hemos de ser, en el confesionario, reflejo del corazón de Cristo: acogedores, pacientes, prudentes, humildes, capaces de escuchar y de sembrar esperanza. El papa Francisco dijo en numerosas ocasiones, y muy bellamente, que el sacerdote no debe maltratar nunca a los fieles, sino recibirlos con mansedumbre y misericordia, consciente de que quien se acerca a confesarse viene buscando perdón y curación. Ése es nuestro estilo. Ésa es nuestra responsabilidad. Es, además, un derecho del pueblo de Dios. Ofrezcamos este servicio a nuestros hermanos con generosidad, paciencia y fidelidad a la Iglesia. Coordinémonos bien para que varios sacerdotes puedan colaborar en las celebraciones penitenciales y procuremos tiempos reales y accesibles de confesión en parroquias, templos y santuarios, ahora en Cuaresma y también durante el resto del año. Cuidemos el momento, la dignidad del rito y la acogida personal. Mis antecesores, desde hace décadas, insistieron en todo ello. Os lo recuerdo yo también para que lo tomemos nuevamente en seria consideración.

Queridos diocesanos: en esta Cuaresma os pido a quienes no lo hacéis habitualmente que deis este paso. Que no lo dejéis para más adelante. Que os acerquéis a la reconciliación personal con confianza. Tal vez lleváis tiempo sin acercaros al sacramento. No importa. Empezad. Tal vez os cuesta encontrar palabras. No importa. Basta la sinceridad. Tal vez sentís vergüenza. No importa. En esa vergüenza, puesta ante Dios, se nos da precisamente la gracia de la humildad que precede a la verdadera alegría del encuentro con el perdón y la misericordia.

Volvamos al Señor. Dejémonos perdonar y reconciliar. Y hagamos la experiencia de que su misericordia es más grande que nuestro pecado, más paciente que nuestras resistencias y más fiel que nuestras distancias.

Con mi afecto y bendición. In Corde Matris,

+ Fernando Prado Ayuso
Obispo de San Sebastián

  • Mensajes del obispo D. Fernando a la diócesis: “La Cuaresma, de nuevo (I)” Descargar, “La Cuaresma, de nuevo (II)” Descargar

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