El Espejo de Gipuzkoa: el valor del humanismo y la degradación comercial de la cultura
Javier Mina volvió a visitar el Espejo de Gipuzkoa para conversar sobre literatura, su sentido en el mundo actual y la figura de Raúl Guerra Garrido, uno de los grandes nombres de las letras españolas.
Si en su anterior visita al espacio radiofónico diocesano profundizaba sobre la figura de San Francisco Javier, estudiada en su libro Tras las huellas de San Francisco Javier en Asia (un trabajo que combina biografía y diario de viaje sobre la vida del santo), en esta ocasión la conversación ha girado en torno a su obra, Un hombre en tensión. En ella, Javier Mina reflexiona sobre el valor del humanismo, la degradación comercial de la cultura y la necesidad de reivindicar a autores que, como Raúl Guerra Garrido, hicieron de la literatura un compromiso con su tiempo.
Ivan Benko:
Hoy nos acompaña de nuevo Javier Mina. En el último programa en el que estuvo con nosotros nos habló de san Francisco Javier y de cómo él mismo había seguido sus pasos. En esta ocasión hablaremos más de literatura y de una figura que ha sido muy importante para él y, desde luego, para la literatura española: Raúl Guerra Garrido.
Siempre conviene reconocer y recordar a los grandes autores, especialmente después de su fallecimiento. Cuando alguien muere, todo el mundo parece acordarse de él, sus libros vuelven a venderse, pero después la estela de lo que fue tiende a difuminarse. Por eso hoy queremos hacer un ejercicio no solo de memoria, sino también de valoración —o, como se dice ahora, de “puesta en valor”— de un grandísimo escritor como Raúl Guerra Garrido.
Javier, para empezar, quería plantearte una pregunta general sobre la literatura. Muchas veces se habla de libros, literatura o entretenimiento, y hoy en día tendemos a mezclarlo todo. Además, hay mucha gente que no tiene demasiado interés en la cuestión literaria. Tú, que eres licenciado en Literatura por la Sorbona —donde también estudió san Francisco Javier, como recordábamos en el programa anterior— y tienes una larga carrera como escritor, ¿cómo definirías la literatura?
Javier Mina:
Es una buena pregunta, pero tiene muy mala respuesta. No lo sé. Quiero decir que uno empieza a darle vueltas y llega enseguida a la nada.
Creo que la literatura ha ido evolucionando con el tiempo. Buena parte de la literatura que se escribe ahora me parece mediocre. Si por literatura entendemos contar una historia, o algo parecido, a través de la escritura, tengo la impresión de que eso hoy está bastante devaluado. Se escribe de cualquier manera, se cuenta cualquier historia y, además, predomina mucho la figura del autor entendida en términos de notoriedad: “Este es un buen tiktoker, quizá haga un libro interesante”; “aquella influencer también”; “esta persona sale mucho en televisión y nos asegura ventas, así que quizá pueda hacer una novela o incluso ganar un premio”.
Me parece que se ha llegado a una degradación muy fuerte del fenómeno literario. Un buen libro debería transportar al lector a un universo, pero hacerlo con sabiduría, con gracia, con estilo y con arte. No se trata simplemente de llevarlo de un sitio a otro pensando en vender cuanto más mejor. Tengo la impresión de que la literatura, tal como se ha venido entendiendo desde los antiguos griegos, se ha degradado bastante en algunos aspectos. En otros no: hay autores que se mantienen. Pero es un asunto delicado.
Ivan Benko:
Me contaba una vez el escritor y jesuita Fernando García de Cortázar que, en sus últimas visitas a la Feria del Libro de Madrid, le sorprendía mirar a izquierda y derecha y no ver escritores, sino, como tú has comentado, al tiktoker o influencer de turno que había publicado un libro. Él veía su propia cola, con diez personas, y al lado una cola de dos mil. Y pensaba: “A esto hemos llegado”.
Javier Mina:
Es lo que hay. Desgraciadamente, es lo que hay.
Ivan Benko:
Podría decirse que la literatura ha sido víctima del fenómeno mercantilista actual. Creo que hoy no distinguimos bien entre entretenimiento y arte. Se mete en el mismo saco a Cervantes, Don Quijote o las Novelas ejemplares, y a Harry Potter. Todo parece formar parte de la misma categoría.
Javier Mina:
Sí, aunque Harry Potter quizá no sea de lo peor. No lo he leído, porque no es un tema que me interese demasiado, pero entiendo que tiene su gracia.
Ya que has citado a Cervantes, no he visto la película de Amenábar ni tengo especial interés en verla, porque me parece que hablar de Cervantes sin hablar de él como escritor resulta bastante absurdo.
Ivan Benko:
Sí, se habla más de una identidad que de su obra.
Javier Mina:
Exactamente. Y, además, me parece hacerle un flaco favor. Cervantes nunca vivió realmente de su literatura; más bien la padeció. Fue famoso post mortem. Que ahora se le recuerde por algo que no es literario me parece de una banalidad y una frivolidad absolutas.
Ivan Benko:
Es un nuevo ejemplo de cómo el mercado convierte lo que podría ser literatura —y, además, lo que podría servir para la divulgación literaria, porque probablemente tenemos en nuestras letras hispanas la mayor novela jamás escrita— en otra cosa. Y, sin embargo, se habla de cuestiones ajenas a la literatura.
Javier Mina:
Y no solo eso: Cervantes es el creador de la novela moderna. Por eso me parece una banalización. Sé que para otros ocurre lo contrario y lo ven como una exaltación, porque parece que hoy la identidad está por encima de cualquier otra cosa. Pero no es mi caso.
Ivan Benko:
Tenemos en nuestro haber al creador de la novela moderna y, en cierto modo, al creador de casi todos los estilos literarios que luego se han desarrollado. Todo está en el Quijote. Si uno lo lee, lo encuentra. Y, sin embargo, se habla de identidades.
La literatura siempre ha acompañado al ser humano. Se suele mencionar la Epopeya de Gilgamesh, pero incluso antes, en la tradición oral, la literatura ya estaba ahí. También ha habido momentos en los que no sé si la literatura, pero sí la capacidad comunicativa de la escritura, o el sofismo, se ha utilizado para hacer negocio o para manipular. Tú pareces ver hoy un camino más orientado hacia eso que hacia el trabajo artístico.
Javier Mina:
Sí, creo que se han puesto en valor elementos que van en esa dirección: vender más de la manera más sencilla posible, sin exigir demasiado al lector, no vaya a marearse. A eso se sacrifica incluso el buen escribir. Hay gente que escribe muy mal haciendo eso, pero muy mal. No pondremos ejemplos, para no contribuir a que vendan más libros.
Ivan Benko:
No era el caso de Raúl Guerra Garrido. Él era un gran escritor, con mucha técnica y mucha calidad. Además, no se quedaba solo en la forma: en el fondo, en todos los sentidos, se mojaba. Antes decía que conviene recordar, pero también valorar, la figura de Raúl Guerra Garrido. Javier, ¿quién fue Raúl Guerra Garrido para las letras hispanas y para la cultura?
Javier Mina:
Creo que, en el momento en que empezó a escribir, fue un autor rompedor, en cierto modo, por los temas que trató, que eran delicados en su época: Cacereño, La carta, entre otros. Además, se las arregló muy bien, porque procedía del mundo de la farmacia. Era científico, en realidad, pero también un gran lector, y aprendió a escribir muy bien. Tuvo que salvar esa distancia: no venía del mundo de las letras, sino del de la ciencia. Y lo hizo con solvencia.
Cuando hablábamos de identidades, yo titulé el libro Un hombre en tensión precisamente porque ese era, a mi juicio, el rasgo principal de su identidad.
Ivan Benko:
Es un título muy llamativo para quien no conozca la figura de Raúl.
Javier Mina:
Lo es. Raúl era un hombre en tensión porque estaba permanentemente atento a lo que ocurría y luchaba, en la medida de sus posibilidades, por aquello que le parecía justo y contra aquello que le parecía mal. Estaba siempre en esa disposición. No era alguien que mirara hacia otro lado. Eso se percibe en sus libros y también en su vida cotidiana. Y, claro, por eso le pasó lo que le pasó.
Ivan Benko:
Era un hombre muy humanista. ¿Por qué es tan importante el humanismo en el mundo actual?
Javier Mina:
Creo que el humanismo debe estar en el centro del presente, del pasado y del futuro. Consiste en colocar al ser humano donde debe estar: como foco, como guía, como referencia desde la que pensar qué se puede hacer, qué no se puede hacer, qué se debe contar y qué no. Hay que tener unos valores que partan de ahí: defender al ser humano y tratarlo como lo que es, como un sujeto y no como un objeto. Son viejas cuestiones de la ética: el ser humano como fin en sí mismo.
Ivan Benko:
Maquiavelo frente a Kant: utilizar al hombre como fin o como medio. La obra de Raúl es muy humanista. Él se esforzó por poner siempre a la persona, su dignidad y la lucha por lo justo en primer plano, no solo en su obra, sino también en su vida. ¿Cuáles serían sus grandes libros para alguien que quiera empezar a leerlo?
Javier Mina:
Desde luego, los más polémicos y significativos. En este país tan amnésico resulta asombroso que haya tenido que llegar Patria —que, por cierto, es un libro muy bueno— para que algunos se enteraran de que aquí habían pasado determinadas cosas. Se estaban viviendo y padeciendo, entre otros por el propio Raúl. Él fue de los primeros, junto con Ángel García Ronda, en tratar el tema de ETA y del terrorismo en el País Vasco, lo cual le generó problemas diversos.
Yo citaría Cacereño y, desde luego, La carta, que es central para entender lo que estaba ocurriendo aquí. En otro registro, más cercano al entretenimiento pero con mucho fundamento, mencionaría La mar es mala mujer, un libro más amable en apariencia, pero también duro, muy bien escrito y muy riguroso.
También está el libro sobre el wolframio, que ahora mismo no me viene a la memoria el título exacto. Es una especie de western crepuscular, muy bien escrito, con mucha tensión y muy oportuno por el periodo histórico que aborda: la Segunda Guerra Mundial, la posguerra española…
Ivan Benko:
Voy a añadir, si me lo permites, Castilla en canal.
Javier Mina:
Claro, Castilla en canal.
Ivan Benko:
Él me comentó una vez que era un libro al que le tenía muchísimo cariño, aunque no fuera de los más comentados de su obra. Me lo regaló, y por eso quería aprovechar para mencionarlo también.
Javier Mina:
Castilla en canal es un libro de viajes. Y hay otro que a mí también me gusta mucho: La Gran Vía es Nueva York. Es un libro misceláneo que me parece espléndido. Lo leí con muchísimo gusto y creo que también es una gran obra.
Ivan Benko:
Raúl tenía un sentido del humor absoluto. A veces incluso me chocaba. Yo lo conocí ya mayor, y uno podía esperar encontrarse con una persona de gran sabiduría, pero seria en el sentido convencional. Sin embargo, de pronto te soltaba un chiste que te dejaba temblando.
Hay algo que decía Raúl y que me gustaba mucho. Además, enlaza muy bien con la primera pregunta, con lo que hablábamos de la literatura. Contaba que tenía muchas versiones de su primera vez y que había llegado un punto en el que ya no recordaba cuál era la verdadera. Creo que la literatura tiene algo de eso: la realidad material que vivimos, que tocamos y que nos atropella, es una; pero la literatura nos permite, mediante el intelecto y la imaginación, abrir un sinfín de posibilidades.
Javier Mina:
Sí, permite reescribir las cosas en la cabeza, como hacía él. Tenía mucha retranca. A veces decía algo con absoluta seriedad y uno se quedaba pensando: “No sé si esto es un chiste o no”. Esa ambigüedad era muy suya.
En el libro intenté hacer algo concreto: no es una biografía al uso, porque no está contada de la A a la Z toda su trayectoria personal. Sí está lo que yo consideré más importante, lo básico y más significativo, desarrollado y contado de la mejor manera que pude. Pero quise hacer también una lectura de sus obras, descomponerlas para que la gente pudiera ver por qué funcionan y cómo funcionan.
Mi idea era hacer una biografía humana y, al mismo tiempo, una biografía literaria. Quería desmenuzar su literatura para mostrar por qué hay obras de una categoría y otras de tercera. Eso tiene que ver con el manejo del relato, de las tensiones, de las metáforas, del rigor, del vocabulario. Me pareció que ambas dimensiones eran complementarias: el hombre en tensión y su literatura también en tensión.
Ivan Benko:
La literatura del siglo XXI ha comenzado bajo el signo de lo comercial, como decíamos. También han aparecido nuevas formas de distracción: las redes sociales, la sociedad del entretenimiento, etc. ¿Tienes esperanza en que surjan autores de gran literatura en el siglo XXI y, además, sean leídos? Porque la literatura también necesita ser conocida. Pudo haber existido un escritor maravilloso en el siglo XVI, pero si su libro se perdió y nadie lo leyó, también se perdió su trabajo.
¿Tienes esperanza o compartes ese temor de que en el futuro ya no hará falta quemar libros, porque los libros estarán ahí, pero nadie los leerá? ¿Qué perspectiva tienes sobre el futuro de la literatura y de la lectura?
Javier Mina:
No lo sé. Creo que actualmente se están escribiendo buenos libros. No me pidas ahora una lista, porque no la tengo en la cabeza, pero hay buenos libros y también se leen. Confío en que esa antorcha permanezca, al menos en cierta medida. Lo deseo. Pero quién sabe qué puede ocurrir. No sabemos qué pasará con nosotros, con el planeta ni con nada. Con la literatura tampoco. La prospección es difícil.
Ivan Benko:
Ser escritor tampoco es fácil. En el libro aparecen un par de anécdotas en las que Raúl se queda solo. Una de ellas, si no recuerdo mal, tiene que ver con un artículo en El Diario Vasco en el que se manifestaba contra la idea de que solo es autor vasco quien escribe en euskera. Raúl decía algo así como: “Y todos mis amigos, esos cabrones, todos se fueron”.
Javier Mina:
Sí, es verdad. Le echaron un poco los perros encima y muchos lo dejaron vendido.
Ivan Benko:
Y eso sigue sucediendo. Por una cuestión o por otra, pasa muchas veces. Para empezar, hay mucha gente que no distingue entre el autor y su obra. Alguien escribe algo y se le acusa: “¿Tú opinas esto?”, “¿tú defiendes aquello?”, cuando se enmarca dentro de una obra literaria. O, simplemente, por opinar o emitir un juicio, aunque esté bien argumentado, en este mundo tan polarizado y segmentado se te ataca. A veces ni siquiera se permite la lectura: sales en televisión, dices una frase y ya estás compartimentado. Eso es una desgracia para la literatura.
Javier Mina:
Sin duda. Pensaba ahora en cómo Raúl sigue siendo, en cierto modo, un escritor no suficientemente reconocido en San Sebastián. No se le valora como lo que fue. Es cierto que recibió la Medalla de Alfonso X el Sabio y otros reconocimientos institucionales, pero no se percibe que la ciudad se reconozca en él como debería, tratándose de un Premio Nacional de las Letras y de alguien con una trayectoria tan importante.
Con otros ámbitos ocurre lo contrario. La ciudad se reconoce, por supuesto, en la Real Sociedad y en otras realidades. Pero con Raúl tengo la sensación de que buena parte de la ciudad le ha dado la espalda.
Ivan Benko:
Es importante recordar a tus autores y a tus grandes personalidades locales. Si no, parece Bienvenido, Mister Marshall: cuando viene Springsteen —que, por cierto, me encanta— lo preparamos todo, pero tenemos gente increíble que ha hecho una aportación intelectual y artística que debería pasar a la historia y no la recordamos. Si no la recordamos nosotros, ¿quién la va a recordar?
Javier Mina:
Efectivamente. Es verdad que la Diputación creó una beca Raúl Guerra Garrido de creación, pero queda restringida a un ámbito muy concreto. Yo me refería más bien a la calle: ¿quién sabe hoy quién es Raúl Guerra Garrido? Si saliéramos con un micrófono a preguntarlo, creo que muy poca gente lo sabría. Quizá personas de cierta edad, pero no muchas más. Y es una lástima, porque forma parte del patrimonio cultural.
Ivan Benko:
Creo que a Raúl, si le hubiera pillado más joven, le habría ido bien incluso en el mundo actual de las redes sociales y de los vídeos cortos. Por su personalidad, quizá habría sido capaz de utilizar esos formatos para divulgar su figura.
Javier Mina:
Quizá. No lo sé.
Ivan Benko:
Porque es difícil llegar a ese reconocimiento de calle del que hablabas. ¿Cuáles son los referentes de la gente más allá de los deportistas?
Javier Mina:
Claro. La literatura ha quedado muy atrás. El entretenimiento ocupa un lugar predominante. Los referentes literarios no abundan, o al menos no son recogidos por la gente. La literatura ha quedado un poco marginada. Habría que hacer un esfuerzo de divulgación.
Con Martín-Santos, por ejemplo, sí ha habido algo más de reconocimiento. Pero con Raúl no tanto. Y eso que fue más longevo, tuvo una carrera literaria más extensa y obtuvo más premios. No se trata de oponer a uno con otro, sino de señalar que Raúl no ha tenido la suerte de ser suficientemente reconocido, pese a tener todo eso a su favor.
Ivan Benko:
Lo explicas en el libro, pero para quienes no lo hayan leído: cuando decides escribirlo, ¿qué buscabas? Se puede intuir por lo que nos has comentado, pero ¿cuál era tu interés? ¿Querías que la figura de Raúl llegara a más gente? ¿Hacer también una mención a su familia? En primer lugar, ¿cuál era tu relación con Raúl? ¿Y eso te llevó a escribir el libro?
Javier Mina:
Fue una historia compleja, porque nada es tan sencillo como parece. Conocí a Raúl hace unos 40 años, quizá en los ochenta, en torno a la librería Baroja. Nos conocíamos desde entonces. Llegó un momento en que vimos que iba cumpliendo años y a un amigo común, José María Alemán, se le ocurrió plantear: “¿Por qué no se le hace una biografía a este hombre?”.
Hubo ciertos tiras y aflojas. Al principio él no quería. Luego decía que ya veríamos, que hablaríamos. Pero cuando todo empezó a cuajar, Raúl ya estaba muy enfermo. Murió en diciembre, y el proyecto empezó a tomar forma en torno al Festival de Cine de San Sebastián, por esas fechas. Su editorial también estaba interesada. Todo se fue cociendo poco a poco y, de repente, se nos murió.
Entonces la necesidad de hacer el libro pareció todavía más importante. Se nos había ido, pero habíamos podido recabar algunas cosas de viva voz. Después acudimos a su mujer, Maite, que ayudó mucho, y también a amigos que lo conocíamos. Así se fue construyendo el libro. Al principio nadie podía pensar que iba a morir tres meses después de que empezara el proyecto. Fue triste.
Además, terminé el libro cuando él ya no estaba.
Ivan Benko:
Se convirtió en un homenaje póstumo.
Javier Mina:
Sí, en realidad fue así. Inicialmente tenía una intención más festiva: celebrar su vida con él aún presente. La idea era hacer una biografía con él vivo, con su humor, sus chascarrillos y su manera de estar. Pero las cosas fueron como fueron. Hay que atenerse a los hechos, y el libro salió así.
Ivan Benko:
Cuando muere cualquier persona, cualquier ser humano, es una tragedia. La muerte nos duele, sobre todo a los que nos quedamos aquí, porque quien se marcha se marcha, pero quien queda recuerda y desearía tener cerca a esa persona. Pero cuando fallece un escritor, un creador, creo que el dolor es doble: no solo pierdes a la persona, sino también los libros que podría haber escrito, sus nuevas ideas.
Recuerdo que la última vez que vi a Raúl me comentó que lo que más feliz le haría sería escribir un libro más, volver a tener una buena idea y la energía para desarrollarla.
Javier Mina:
Sí, así era. Aunque creo que, al final, llegó un momento en que la biografía le podía producir cierta pereza. Quizá también le parecía improcedente, como si pensara: “¿Una biografía mía? ¿Por qué?”. Había algo de pudor, seguramente, y también la sensación de que no era el libro que él habría querido escribir. Tal vez él pensaba en otro tipo de libro, no en algo sobre él y, además, sin tener el control completo.
Ivan Benko:
Para un escritor no debe de ser fácil que se escriba sobre él sin él. Javier, ¿a ti te gustaría que en el futuro se escribiera un libro sobre tu obra?
Javier Mina:
No lo sé. No lo sé, porque sé que no va a pasar.
Ivan Benko:
No me refiero a tu fallecimiento, sino a reconocer también a autores locales. Hablábamos de la necesidad de recordar a esos creadores que son cercanos, que hablan de tu tierra y forman parte de tu cultura. También podría hacerse con tu trabajo. Me decías que no se conoce mucho a Raúl; pues a Javier Mina tampoco se le conoce lo suficiente. A mí mismo me habría gustado conocerte antes para llegar a esta entrevista habiendo leído más de tu obra.
Javier Mina:
Bueno, son circunstancias de la vida. Yo siempre he creído que, para mí, la escritura consistía en escribir y relacionarme poco con el mundo de las letras, y mucho menos con el mundillo literario. He conocido a gente, por supuesto, pero no he estado en saraos ni en determinados ambientes. He vivido muy retirado y sigo viviendo muy retirado, con mis cosas. Me publican un libro y ahí queda. En ese sentido, también tengo parte de culpa de que no se me conozca mucho. Tampoco he hecho demasiado para evitarlo.
Ivan Benko:
¿Te consideras culpable de eso?
Javier Mina:
Sí, absolutamente. Pero no me importa. Me quedo muy satisfecho cuando estoy trabajando un texto y pienso: “Esto no está mal”. Si luego alguien lo lee, mejor. Pero la satisfacción principal está en esa batalla con la escritura.
Ivan Benko:
En haber sido capaz de aportar una línea interesante.
Javier Mina:
Exactamente. Ahora estoy trabajando en una cosa…
Ivan Benko:
Te iba a preguntar por eso. Me has comentado que estabas trabajando en el ordenador. ¿En qué estás ahora?
Javier Mina:
Estoy con un libro que he titulado El ladrón de metáforas. En realidad ya está terminado; estoy corrigiéndolo y veremos si tiene recorrido editorial. Es otro ensayo. La idea es estudiar distintas obras para que la gente ame la literatura, descomponerlas y ver cómo funcionan desde el punto de vista de las metáforas: qué tienen, qué recorrido hacen, cómo se utilizan.
No lo planteo desde un punto de vista académico, ni mucho menos, sino con cierto humor, pero también con rigor. Mi intención es transmitir el amor por una literatura trabajada. Preguntarse, por ejemplo: ¿por qué esta novela es tan diferente de esta otra? Porque hay tensiones y trabajos internos que quizá no son percibidos por la mayoría de los lectores a simple vista, pero que están actuando. Creo que desmontar esos mecanismos y ponerlos al alcance de cualquiera es muy enriquecedor. Además, no es algo tan elevado ni inaccesible.
Por ejemplo: uno puede preguntarse si en una novela titulada El hibisco azul el azul aparece en momentos clave, o si el hibisco reaparece en situaciones concretas. Tal vez el título no solo remita a una cosa evidente, sino a otra estructura más profunda. O pensemos en Madame Bovary y La Regenta: las dos tratan el adulterio, y sabemos que La Regenta se inspira en Madame Bovary. Pero ¿qué las diferencia? Hay una metáfora central. En Madame Bovary predomina la horizontalidad; su eje es horizontal. En La Regenta, en cambio, aparece más lo espiritual, una metáfora de la verticalidad. Eso no me lo invento yo: está en las obras. Ponerlo de manifiesto permite ver cómo Flaubert organiza una novela de una manera y Clarín de otra.
Ivan Benko:
Eso es divulgación. Y sirve muy bien para diferenciar algo que también mencionas en el libro: mucha gente no entiende la diferencia entre intertextualidad y plagio. Hoy se mezcla todo, y parece que todo es plagio porque todo está inspirado en algo. Una obra literaria puede tener como base otra, y eso no la convierte necesariamente en plagio. Esa divulgación es necesaria.
Javier Mina:
Creo que sí. Además, para mí hay un disfrute en ello. Cuando te sumerges en una obra y descubres conexiones, se produce un placer intelectual. Intento ser lo más objetivo posible con los datos, no forzarlos. Hay que trabajar con honestidad, sin obligar a las cosas a encajar. Otra cosa es que uno pueda equivocarse. Eso siempre puede pasar.
Ivan Benko:
Para terminar, y también como homenaje a la literatura y a Raúl, que hoy nos acompaña en espíritu y en su obra, quería recordar una idea del académico Jesús G. Maestro. Él ejemplifica muy bien lo que tú decías: a veces es difícil distinguir por qué una obra es buena o no lo es, pero hay razones. Argumenta que la buena literatura es como un instrumento: para que tenga sentido no basta con que el instrumento exista; debe ser tocado con arte, talento y esfuerzo, y además debe ser interpretado. Si yo no tengo oído y no sé cómo se toca el violín, quizá me engañe alguien que lleva tres años tocando y no sabré distinguirlo de alguien que lleva diez.
La buena literatura es ese instrumento que se toca con talento y se escucha con un oído trabajado. Raúl, que en paz descanse, era un ejemplo de eso. Yo, Javier, todavía no conozco suficientemente tu obra, pero lo haré. También creo que eres un ejemplo de esos autores que conviene reivindicar hoy. Te agradezco que hayas venido en esta segunda jornada a acompañarnos y te lanzo una invitación para que vuelvas otro día a hablar de más libros.
Javier Mina:
Puede ser. No digo que no. Pero fíjate: cuando has hablado del instrumento, ahí había otra metáfora.
Ivan Benko:
Sí, era una metáfora.
Javier Mina:
La literatura como instrumento: el poder de la metáfora.
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