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Mons. Francisco Conesa invita a vivir el Sínodo como un camino de comunión

Mons. Francisco Conesa invita a vivir el Sínodo como un camino de comunión

El obispo de Solsona, padre sinodal y referente de la Conferencia Episcopal Española para la aplicación del Sínodo de los Obispos, ofreció ayer dos conferencias en el Seminario de San Sebastián ante una numerosa asistencia. Durante la jornada, profundizó en el significado de un sínodo diocesano y destacó la importancia de la participación de todos los bautizados, el discernimiento comunitario y la corresponsabilidad en la misión de la Iglesia.

El Seminario Diocesano de San Sebastián acogió ayer, 5 de noviembre, dos conferencias de Mons. Francisco Conesa, obispo de Solsona, dedicadas a responder a una pregunta fundamental en el camino que ha emprendido la Iglesia de Gipuzkoa: ¿qué es un sínodo diocesano? La jornada, que contó con una gran asistencia de público, permitió profundizar en el sentido de la sinodalidad y conocer, de la mano de uno de sus protagonistas, las claves del proceso que la Iglesia está llamada a vivir. La conferencia pudo seguirse también a través del canal diocesano de YouTube, donde permanecerá abierta y disponible:

Mons. Conesa, que participó como padre sinodal en las dos sesiones del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma y que actualmente es el obispo de referencia de la Conferencia Episcopal Española para su fase de aplicación, compartió su experiencia y reflexión en dos encuentros. La sesión de la mañana estuvo dirigida a los sacerdotes y a las personas que trabajan en los servicios diocesanos, mientras que la conferencia de la tarde, celebrada a las 18:30, se orientó especialmente a los laicos y miembros de la vida consagrada.

La conferencia comenzó con una oración comunitaria, la proclamación de un pasaje de la primera carta de san Pablo a los Corintios, centrado en la diversidad de carismas y la unidad del cuerpo de Cristo, y la oración del Sínodo.

A continuación, Mons. Fernando Prado, obispo de San Sebastián, presentó al ponente y agradeció la participación de quienes se habían acercado desde distintos puntos del territorio. Recordó que la diócesis se encuentra en una primera etapa de sensibilización y formación, articulada en torno a tres grandes preguntas: qué es un sínodo diocesano, por qué y para qué se celebra, y cómo se lleva a cabo.

La comunión, punto de partida de todo el camino sinodal

Mons. Conesa comenzó su exposición situando la comunión como fundamento de la sinodalidad. A partir de la primera carta de san Juan, explicó que la Iglesia es, ante todo, una comunidad de creyentes llamada a vivir en comunión con Dios y entre sus propios miembros.

Esta comunión, señaló, no es simplemente el resultado de los esfuerzos humanos, sino un don del Espíritu Santo. Pero es también una tarea permanente, que exige cuidar las relaciones, superar las divisiones y fortalecer los vínculos entre los cristianos.

En este sentido, advirtió de las dificultades que plantean el individualismo y las polarizaciones que atraviesan la sociedad y que también afectan a la vida eclesial. Frente a ellas, animó a los fieles a ser «constructores y servidores de la comunión».

Desde este punto de partida explicó el significado de la sinodalidad, una palabra de origen griego vinculada a la idea de caminar juntos. No se trata, según expuso, de una moda o de una novedad organizativa, sino de llevar a la práctica lo que el Concilio Vaticano II enseñó sobre la Iglesia como misterio de comunión y pueblo de Dios.

«La sinodalidad es, sobre todo, un estilo de Iglesia», afirmó, subrayando que su importancia va mucho más allá de la celebración puntual de asambleas o reuniones.

Ese estilo se concreta en tres actitudes fundamentales: la escucha, el discernimiento comunitario y la revisión en común. Escuchar, explicó, significa prestar atención tanto a la Palabra de Dios como a los demás, con humildad y disposición para acoger aquello que el otro puede aportar. Discernir supone buscar juntos los caminos que la Iglesia debe recorrer, mientras que revisar en común permite evaluar las decisiones y las acciones emprendidas.

El obispo insistió en que este modo de proceder exige una transformación profunda de las relaciones dentro de la comunidad cristiana. No basta con establecer nuevos procedimientos o estructuras. Es necesaria una auténtica conversión personal y comunitaria.

En este punto, recordó una de las afirmaciones centrales del Documento final del Sínodo: «La sinodalidad es, ante todo, una disposición espiritual». Sin esa dimensión interior, advirtió, todo el proceso corre el riesgo de quedar reducido a una cuestión meramente organizativa.

Todos los bautizados tienen algo que aportar

Uno de los aspectos en los que más profundizó Mons. Conesa fue la dignidad común de todos los bautizados y su participación en la vida y la misión de la Iglesia.

Recordó que el bautismo constituye el fundamento de la pertenencia al pueblo de Dios y que, por ello, todos los fieles están llamados a participar activamente en su misión. Esta participación no elimina la diversidad de vocaciones, ministerios y carismas, sino que reconoce el valor propio de cada uno.

Desde esta perspectiva, defendió la necesidad de avanzar de la colaboración a la corresponsabilidad. Los laicos, explicó, no deben ser considerados únicamente colaboradores de los sacerdotes en determinadas tareas parroquiales, sino miembros del pueblo de Dios verdaderamente corresponsables de la vida y la misión de la Iglesia.

Para desarrollar esta idea recurrió al concepto de «corresponsabilidad diferenciada», ampliamente presente en el Documento final del Sínodo. Todos comparten la responsabilidad de la misión, aunque cada uno participa desde su propia vocación y con funciones distintas.

El obispo insistió en que estas diferencias no deben entenderse como una competición entre vocaciones ni como una cuestión de subordinación, sino desde la complementariedad y la reciprocidad. Cada miembro de la comunidad tiene dones que ofrecer y necesita también de los dones de los demás.

En esta misma línea, destacó el valor de los organismos de participación ya existentes, como los consejos pastorales parroquiales y diocesanos, y la necesidad de darles una mayor vitalidad. Señaló que un consejo parroquial no debería limitarse a recibir información sobre decisiones previamente adoptadas, sino convertirse en un verdadero espacio de escucha, diálogo y discernimiento compartido.

El sínodo diocesano, un acontecimiento de gracia

Tras presentar los fundamentos de la sinodalidad, Mons. Conesa abordó directamente la pregunta que daba título a la jornada: ¿qué es un sínodo diocesano?

Para responder, tomó como referencia la definición de la Comisión Teológica Internacional, que presenta el sínodo diocesano, ante todo, como un «acontecimiento de gracia» en el que el pueblo de Dios de una Iglesia particular, convocado bajo la presidencia de su obispo, se reúne para discernir los desafíos pastorales, buscar los caminos que requiere la misión y participar activamente en la toma de decisiones, en actitud de escucha al Espíritu Santo.

A partir de esta definición, explicó que un sínodo no consiste simplemente en organizar encuentros o recopilar opiniones. Su sentido es más profundo: se trata de que una Iglesia diocesana se pregunte, desde la fe, qué le pide Dios en el momento histórico que está viviendo y cómo debe responder a los retos de la evangelización.

Mons. Conesa felicitó expresamente a la diócesis de San Sebastián por haber emprendido este camino y animó a recorrerlo con libertad interior, humildad, oración, confianza mutua y disponibilidad para escuchar a los demás, incluso cuando sus planteamientos son distintos de los propios.

A este respecto, evocó una advertencia del papa Francisco: el sínodo no es un parlamento ni un sondeo de opiniones, porque su verdadero protagonista es el Espíritu Santo. La finalidad no es que cada participante defienda su postura hasta imponerla, sino que todos busquen juntos aquello que el Espíritu pide a la Iglesia.

Escuchar a todos y discernir las decisiones

Otro de los momentos centrales de la conferencia estuvo dedicado a explicar cómo se articula la participación de los fieles con la responsabilidad del obispo en la toma de decisiones.

Mons. Conesa presentó para ello el principio «todos, algunos, uno», recogido en la reflexión teológica sobre la sinodalidad.

En el caso de un sínodo diocesano, explicó, «todos» hace referencia al conjunto del pueblo de Dios, llamado a participar mediante la consulta y la fase preparatoria; «algunos» son quienes integrarán directamente la asamblea sinodal; y «uno» es el obispo, que convoca y preside el sínodo y ejerce su responsabilidad de guía y unidad.

El ponente aclaró que la decisión última corresponde al obispo, pero subrayó que esta responsabilidad debe ejercerse después de una escucha real del pueblo de Dios y tomando seriamente en consideración el discernimiento realizado.

Explicó que la autoridad ministerial es irrenunciable, pero no incondicional, y señaló que apartarse de las orientaciones surgidas de un proceso de consulta correctamente desarrollado requiere razones graves. De este modo, puso de relieve que la participación de los fieles debe tener consecuencias reales en la vida de la Iglesia, sin dejar de respetar la responsabilidad propia de cada ministerio.

Una Iglesia que camina junta para anunciar el Evangelio

En la parte final de su intervención, Mons. Conesa volvió sobre una idea que había recorrido toda la conferencia: la sinodalidad no constituye un fin en sí misma, sino que está al servicio de la misión evangelizadora.

«La Iglesia se mira a sí misma, sí, pero se mira a sí misma para salir», afirmó, recordando que la comunión, la participación y la corresponsabilidad encuentran su verdadero sentido en el anuncio del Evangelio. De este modo, invitó a los participantes a comprender el Sínodo como una oportunidad para renovar la vida de las comunidades cristianas y fortalecer su impulso misionero.

La intervención concluyó con una oración por la Iglesia de Gipuzkoa: «Que el Espíritu sostenga a esta Iglesia diocesana para que su crecimiento en sinodalidad la lleve a cumplir con más empeño el mandato misionero que recibió de su Señor».

La jornada constituyó así un nuevo paso en la preparación del Sínodo diocesano, ofreciendo a sacerdotes, laicos, miembros de la vida consagrada y trabajadores de los servicios diocesanos una base común para comprender el camino iniciado.

El itinerario formativo continuará los próximos 23 de noviembre y 3 de diciembre, con nuevas sesiones destinadas a profundizar en las razones, los objetivos y el desarrollo del Sínodo.

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