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Gipuzkoa, en camino con Pedro: crónica de la peregrinación a Madrid

Gipuzkoa, en camino con Pedro: crónica de la peregrinación a Madrid

Cinco autobuses completos, tres de jóvenes y dos de adultos, trasladaron hasta Madrid a una nutrida representación de la Diócesis de San Sebastián para participar en las primeras jornadas de la visita apostólica del papa León XIV a España. En la capital confluyeron también numerosos guipuzcoanos llegados con congregaciones religiosas, colegios y otros grupos eclesiales en lo que han sido días de camino, encuentro, oración y comunión con la Iglesia universal.

Todavía no había comenzado propiamente el viaje y la peregrinación ya estaba en marcha. En la mañana del sábado 6 de junio, los jóvenes convocados por la Diócesis de San Sebastián se reunieron en el Seminario con sus mochilas, sus bolsas de comida, sus sacos de dormir y sus esterillas. Los esperaban muchas horas de carretera, una jornada especialmente intensa en Madrid y un alojamiento sencillo, pero la ilusión y la conciencia de estar a punto de vivir un acontecimiento singular se imponían.

Antes de la salida se celebró la Eucaristía. Fue la mejor manera de recordar que no comenzaban una excursión ni un desplazamiento multitudinario más, sino una verdadera peregrinación. En el contexto de aquella misa, el obispo de San Sebastián, D. Fernando Prado, dirigió un mensaje de ánimo a los jóvenes. Los alentó a vivir intensamente la experiencia, a abrirse al encuentro y a dejar que aquellas jornadas fortalecieran su fe. Sus palabras sirvieron como envío para los peregrinos, llamados a ponerse en camino no solo con el cuerpo, sino también con el corazón dispuesto.

La expedición juvenil partió así desde el Seminario rumbo a Madrid. Tres autobuses completos trasladaron a los jóvenes guipuzcoanos, a los que acompañaban sacerdotes, responsables y miembros de la Pastoral Juvenil-Vocacional. Otros dos autobuses llenos llevaron a los peregrinos adultos, que ya habían salido el día anterior y el mismo sábado a las seis de la mañana. En total, cinco autocares de la peregrinación diocesana recorrieron los kilómetros que separan Gipuzkoa de la capital. La presencia guipuzcoana, sin embargo, fue todavía mayor: numerosas personas se desplazaron por su cuenta o formando parte de grupos vinculados a órdenes religiosas, colegios y diferentes realidades de la Iglesia.

La peregrinación diocesana había sido preparada por la Delegación Diocesana de Peregrinaciones, encabezada por el P. Pedro Laskurain Sudupe, y por la Pastoral Juvenil-Vocacional, cuyo delegado es el P. Juan Pablo Aroztegi Esnaola. Ambas delegaciones habían trabajado conjuntamente desde una convicción clara: era fundamental ofrecer a los fieles de la diócesis la posibilidad de participar en un acontecimiento eclesial de tal magnitud.

La visita de León XIV no era solamente un hecho de relevancia internacional. Para la Iglesia que peregrina en Gipuzkoa representaba una ocasión de vivir de manera visible la comunión con el sucesor de Pedro, de encontrarse con cristianos procedentes de toda la península y de escuchar directamente la palabra del Papa. También era una oportunidad para que distintas generaciones, sensibilidades y comunidades de la diócesis compartieran una misma experiencia de fe.

Con el propósito de responder a las diferentes circunstancias personales, la organización había diseñado tres modalidades. El plan general, abierto a todos, se desarrolló del viernes 5 al domingo 7 de junio. Los participantes salieron el viernes por la mañana y realizaron paradas en Segovia y en El Escorial antes de incorporarse a los actos de Madrid.

El plan reducido comenzaba el sábado 6, en torno a las siete de la mañana, y llevaba directamente a los participantes hasta su alojamiento en El Escorial. Por último, el plan juvenil, destinado a jóvenes de entre 16 y 35 años, proponía una experiencia más austera, con un lugar sencillo para pasar la noche y donde cada participante debía llevar su comida, un saco y una esterilla. La demanda juvenil fue tan grande que llegó a habilitarse una lista de espera y algunos jóvenes terminaron apuntándose en el plan de los adultos.

Tres modalidades diferentes, por tanto, pero una sola peregrinación que avanzaba hacia un mismo destino compartiendo un propósito común: estar presentes en las primeras jornadas de la etapa madrileña del viaje apostólico de León XIV a España.

Mientras los peregrinos guipuzcoanos se acercaban a la capital, Madrid recibía al Santo Padre. El viaje apostólico, que se está desarrollando entre el 6 y el 12 de junio, comenzaba precisamente allí, antes de continuar hacia Barcelona y las islas Canarias. Durante su estancia madrileña, el Papa combinó los encuentros institucionales con la atención a las realidades sociales, la celebración de la Eucaristía y el encuentro con los jóvenes y con las comunidades cristianas.

La tarde del sábado tuvo uno de sus momentos centrales en la Plaza de Lima. Desde mucho antes de la llegada de León XIV, los alrededores se fueron llenando de jóvenes procedentes de diócesis, parroquias, movimientos y comunidades de todo el país. Entre aquella multitud estaban también los cuatro autobuses juveniles llegados desde Gipuzkoa.

La vigilia de oración fue concebida como un gran encuentro en el que tuvieron cabida la música, los testimonios, las preguntas de los jóvenes, la palabra del Papa y la adoración eucarística. En medio del ambiente festivo, la presencia de antas personas ofrecía una imagen elocuente de una Iglesia joven, diversa y deseosa de encontrarse. Las diferencias de procedencia, idioma o sensibilidad quedaban en segundo plano ante la experiencia compartida de sentirse parte de una comunidad mucho más grande.

León XIV se dirigió a los jóvenes con un lenguaje directo. Los animó a ser verdaderamente humanos, a buscar la justicia y a construir una vida honesta. Les pidió que no permitieran que sus vidas fueran arrebatadas por la falta de valentía, y, en una sociedad marcada por la rapidez, la exposición permanente y el ruido de las redes sociales, el Papa los invitó a buscar siempre la verdad y a convertirse en constructores de una humanidad nueva.

Aquellas palabras prolongaban, de alguna manera, el envío que los jóvenes guipuzcoanos habían recibido unas horas antes en el Seminario de San Sebastián. El ánimo de su obispo y la llamada del Santo Padre convergían ahora en una misma invitación: no contemplar la fe desde la distancia, sino comprometer la propia vida; no conformarse con ser espectadores, sino aceptar la responsabilidad de ser sal de la tierra y luz del mundo.

La vigilia fue desembocando progresivamente en el silencio y la oración. Tras la música, las preguntas y las intervenciones llegó el momento de la adoración eucarística. El bullicio de una multitud inmensa dio paso al recogimiento. Para los presentes, aquel contraste constituyó una de las imágenes más significativas de la jornada: una plaza repleta capaz de guardar silencio ante el Santísimo.

Terminados los actos, llegó el momento de dirigirse a los alojamientos. Lo esencial no estaba en las escasas horas de sueño que ofrecía aquella noche, sino en todo lo compartido y en la celebración que esperaba a la mañana siguiente.

El domingo 7 de junio, Madrid volvió a convertirse en punto de encuentro para una multitud de fieles. Desde primeras horas de la mañana, los accesos a la Plaza de Cibeles y a las calles cercanas se fueron llenando de peregrinos. Banderas, pancartas, cruces y distintivos diocesanos permitían reconocer la diversidad de procedencias. En aquel inmenso mosaico eclesial se encontraba de nuevo la representación de la Diócesis de San Sebastián.

A las diez de la mañana estaba prevista la gran celebración eucarística presidida por León XIV. La plaza y sus alrededores se convirtieron en un gran templo al aire libre. Para los peregrinos guipuzcoanos, después del camino recorrido y de la intensidad de la jornada anterior, la misa del Corpus Christi constituía el centro y la culminación de la peregrinación.

En su homilía, el Papa recordó que la Eucaristía es la presencia viva de Cristo en medio de su pueblo. Al referirse a la profunda tradición eucarística española, advirtió que la religiosidad transmitida durante siglos no debía convertirse en un museo del pasado, sino en una escuela de fe viva de la que continuar bebiendo en el presente.

El mensaje no era una invitación a refugiarse en la nostalgia, sino a traducir la fe recibida en una vida transformada. León XIV recordó que Cristo no permanece encerrado dentro de los templos, sino que sale al encuentro de las personas, atraviesa las plazas, recorre las calles y visita los lugares de la vida cotidiana. La Eucaristía, por tanto, no podía reducirse a una devoción privada o a una manifestación exterior. Debía sacar a los creyentes del egoísmo y de la indiferencia y enviarlos hacia las familias, los pobres, los enfermos, quienes sufren y quienes han perdido la esperanza.

Los obispos, con el Papa León XIV

“Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”, afirmó el Santo Padre. La frase condensaba una de las ideas fundamentales de la celebración: la adoración a Dios y el servicio al prójimo son inseparables. La fe eucarística se verifica en la capacidad de hacerse cercano, de trabajar por el bien común y de convertirse en presencia de paz, justicia y esperanza.

Tras la misa tuvo lugar la procesión del Corpus Christi. El Santísimo Sacramento salió a las calles de Madrid, haciendo visible el sentido de las palabras pronunciadas por el Papa. Cristo caminaba en medio de su pueblo. La solemne bendición eucarística puso el broche a una celebración que permitió a los peregrinos experimentar simultáneamente la grandeza de la Iglesia universal y la cercanía de Dios.

Para los fieles llegados desde Gipuzkoa, aquella Eucaristía fue también una ocasión para presentar la vida de la diócesis: sus parroquias y comunidades, sus familias, sus sacerdotes y religiosos, sus jóvenes y ancianos, sus dificultades y sus esperanzas. Cada peregrino llevaba consigo nombres, proyectos de vida, intenciones…

Una vez concluidos los actos previstos para la peregrinación, los autobuses emprendieron el regreso. Quedaban por delante varias horas de carretera y tiempo para asimilar lo vivido. El cansancio acumulado era inevitable: habían sido jornadas de madrugones, desplazamientos, esperas, grandes concentraciones y descanso limitado. Pero se regresaba también con la conciencia de haber participado en una experiencia difícil de resumir únicamente mediante fotografías o cifras.

Los cientos de peregrinos destacados fueron la expresión visible de una respuesta generosa, pero la verdadera medida de la peregrinación no estuvo solamente en el número de participantes. Estuvo en la disponibilidad para ponerse en camino, en la oración compartida y en el deseo de escuchar lo que el Espíritu quería decir a la Iglesia a través de aquellas jornadas, una Iglesia unida al sucesor de Pedro y a creyentes llegados desde tantos lugares.

El fruto más profundo de una peregrinación no siempre se percibe en el momento. Puede manifestarse después, en una conversación, en una decisión personal… La palabra escuchada en Madrid debe continuar ahora en Gipuzkoa, dentro de la vida cotidiana. Porque, al regresar a casa, queda una tarea: hacer vida lo escuchado. Convertir la tradición en fe viva, la Eucaristía en entrega, el encuentro en compromiso y la emoción en un testimonio que perduré más allá del viaje.

Ninguna peregrinación termina al bajar del autobús; comienza de nuevo en cada parroquia, comunidad, grupo, voluntariado… En cada vida entregada al amor.

  • Fotos
  • Próximamente se publicarán vídeos en las RRSS de la Diócesis.

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