La Diócesis de San Sebastián celebra la ordenación sacerdotal de D. Enrique Ormazabal
La catedral del Buen Pastor, llena con un millar de fieles y casi un centenar de sacerdotes, ha acogido este domingo la ordenación presbiteral de D. Enrique Ormazabal. Mons. Fernando Prado Ayuso ha presidido una celebración vivida con profunda alegría por toda la Iglesia diocesana, que recibe a un nuevo sacerdote al servicio del Pueblo de Dios en Gipuzkoa.
La Diócesis de San Sebastián ha vivido este domingo, 13 de septiembre, una de esas jornadas que quedan especialmente señaladas en la vida de una Iglesia particular. D. Enrique Ormazabal ha recibido esta tarde, en la catedral del Buen Pastor, el sacramento del Orden en su segundo grado, el presbiterado, de manos del obispo de San Sebastián, Mons. Fernando Prado Ayuso.

La celebración ha comenzado a las 18:00 horas y ha concluido pasadas las 20:00. Durante más de dos horas, una catedral completamente llena ha acompañado con la oración a quien desde hoy inicia su ministerio como sacerdote de la Diócesis de San Sebastián.
Con un millar de personas llenando el templo, muchos de los asistentes han seguido incluso la celebración de pie, ocupando los pasillos de la catedral, en una cálida tarde de septiembre que ha permitido hacer visible la alegría de toda una Iglesia elevada por la música del coro Mariaren Bihotza Abesbatza y reunida en torno a una nueva vocación sacerdotal. Junto a ellos, cerca de un centenar de presbíteros han acompañado a Enrique y concelebrado la Eucaristía presidida por el obispo.

Familiares, amigos, sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas, jóvenes y fieles procedentes de las distintas comunidades que han marcado el camino de Enrique han participado así en el comienzo de una nueva etapa de su vida: una vida entregada como sacerdote al servicio de Dios y de su Pueblo, especialmente de las comunidades cristianas y de las gentes de Gipuzkoa.
«Hoy se abre ante ti una vida entera entregada al Señor y a su pueblo»
Al comienzo de su homilía, Mons. Fernando Prado ha expresado el significado que la ordenación tiene para el conjunto de la comunidad diocesana: «Hoy es un día grande para nuestra Iglesia de San Sebastián. Un día de esos que se guardan en la memoria y, sobre todo, en el corazón. El Señor nos regala un nuevo sacerdote».
El obispo ha recordado que hace aproximadamente un año, en ese mismo lugar, Enrique había recibido la ordenación diaconal. Aquel paso encontraba este domingo su continuación en la ordenación sacerdotal, aunque Mons. Prado ha insistido en que tampoco esta puede entenderse como un punto de llegada: «Beste aurrerapausu bat ematen duzu gaur. Un paso, ciertamente, decisivo. Pero tampoco llegas a ninguna meta. Gaur, gauza berri bat hasten da. Hoy se abre ante ti una vida entera entregada al Señor y a su pueblo como sacerdote».
La liturgia de este domingo ha ofrecido al obispo una de las claves principales de su homilía, a partir de las palabras de san Pablo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo». Una afirmación que, ha señalado, podría constituir «todo un programa de vida para un sacerdote».

Desde hoy, ha explicado a Enrique, su tiempo, sus capacidades, sus proyectos, sus alegrías y también sus cansancios adquieren un sentido nuevo al ser puestos en manos del Señor y al servicio de los demás.
El momento central del rito de ordenación, con la imposición de manos y la plegaria de ordenación, ha expresado sacramentalmente esa entrega y esa misión. El obispo lo había explicado poco antes con palabras sencillas: «Son gestos muy sencillos, pero detrás de ellos hay algo enorme: el Señor te toma para hacerte suyo y enviarte a los demás. Eso, nada más (y ¡nada menos que eso!) es ser sacerdote».
Un ministerio entendido como servicio de amor
Una parte central de la homilía ha estado dedicada a explicar qué significa ser sacerdote y cuál ha de ser el modo de ejercer el ministerio. Mons. Prado ha rechazado cualquier comprensión del sacerdocio como una dignidad o una posición superior dentro de la Iglesia.
«Es entregar la vida. El ministerio sacerdotal solamente puede entenderse desde el amor y el servicio», ha afirmado, recordando la expresión de san Agustín amoris officium, un «oficio de amor» o «servicio de amor».

Ese servicio, ha señalado el obispo, se concreta en la vida cotidiana: al celebrar la Eucaristía con la comunidad, preparar una homilía, escuchar a quien necesita hablar, visitar a un enfermo, acompañar a una familia que ha perdido a un ser querido, dedicar tiempo a un joven que busca su camino, acercarse al pobre o celebrar el sacramento de la Reconciliación.
Precisamente la misericordia ha sido otro de los grandes ejes de la homilía. A la luz de las lecturas de este domingo, Mons. Prado ha recordado a Enrique que está llamado a ser «de una manera muy especial ministro de la misericordia de Dios» y le ha dirigido una petición concreta: «Sé siempre paciente con la gente y no cierres la puerta nunca a nadie. La Iglesia necesita sacerdotes que ayuden a levantarse, no que aumenten el peso que los hombres y mujeres llevamos encima».
«Antes que pastores somos discípulos»
Junto al servicio y la misericordia, el obispo ha situado en el centro de la vida sacerdotal la relación personal con Cristo. Frente al riesgo de que las numerosas tareas pastorales terminen ocupándolo todo, ha pedido al nuevo sacerdote que preserve siempre el fundamento de su ministerio.
«Antes que pastores somos discípulos. Antes de hablar de Cristo, hay que estar con Cristo y hablar con Cristo. Antes de llevar a otros hacia Él, necesitamos dejarnos llevar nosotros por Él. No inviertas nunca ese orden», ha subrayado.

Por ello, Mons. Prado le ha invitado a cuidar la oración, la Eucaristía y la Palabra de Dios: «Que nunca seas solamente un hombre que habla de Dios. Sé siempre un hombre que habla con Dios».
A esta relación con el Señor se une necesariamente la cercanía al pueblo al que sea enviado. El obispo ha pedido a Enrique que quiera profundamente a las personas concretas que encuentre en su ministerio y que no viva el sacerdocio «desde lejos».
«Allí donde la Iglesia te envíe, quiere a la gente. No sueñes con otra parroquia, con otra comunidad o con unas circunstancias mejores. La gente que tengas delante será tu pueblo. Con ellos y junto a ellos, tienes que hacer camino».
Una cercanía que, según ha recalcado, debe dirigirse de manera particular hacia quienes más lo necesitan: los pobres, las personas que viven solas, los enfermos, los jóvenes que buscan, quienes se han alejado de la Iglesia y también aquellos que han sido heridos por ella. «No esperes siempre a que vengan. Sal tú a su encuentro», ha pedido.
Un sacerdote para el presbiterio y para la Iglesia de Gipuzkoa
La ordenación incorpora plenamente a Enrique al presbiterio de San Sebastián. Ante los cerca de cien sacerdotes que le acompañaban en la catedral, el obispo le ha recordado la dimensión fraterna del ministerio que hoy comienza.

«No camines nunca solo. Hoy entras plenamente en este presbiterio de San Sebastián. Mira a tus hermanos sacerdotes. A partir de hoy son todavía más tus hermanos. Quiérelos. Déjate ayudar. Aprende de los mayores. Comparte con los de tu generación. Acércate también a quienes piensan distinto que tú. El presbiterio no es un grupo de amigos que uno elige. Es una fraternidad que uno recibe».
Mons. Prado se ha referido también al vínculo sacramental nuevo que la ordenación establece entre el sacerdote y su obispo y ha asegurado a Enrique su cercanía: «Sabes que puedes contar conmigo».
La celebración ha tenido, además, un marcado sentido vocacional. En un tiempo en el que la Iglesia diocesana siente especialmente la necesidad de nuevas vocaciones al ministerio ordenado, la ordenación de Enrique ha sido vivida como un signo de esperanza.
«Nuestra diócesis necesita sacerdotes. Necesita sacerdotes felices de serlo. Sacerdotes con esperanza. Sacerdotes capaces de querer a esta sociedad nuestra de Gipuzkoa tal como es, con sus luces y con sus sombras», ha afirmado el obispo.

Y ha añadido: «Dios sigue aquí. Dios sigue siempre actuando. Dios sigue llamando. Tu presencia hoy entre nosotros es precisamente una prueba de ello. Por eso tu ordenación es también una palabra de esperanza para esta diócesis».
Al acercarse al final de la homilía, Mons. Prado ha pedido al nuevo sacerdote que conserve en su memoria las palabras pronunciadas en el rito de ordenación: «Sí, quiero, con la gracia de Dios». Una referencia, ha explicado, a que el ministerio no descansa solamente en las propias fuerzas, sino en la gracia de Dios que llama y sostiene.
«Que esa sea tu vida, Enrique: Vivir para Él. Y, precisamente por Él, vivir para los demás», ha resumido.
Una larga historia de agradecimiento
Finalizada la celebración eucarística, Enrique ha tomado la palabra para dirigirse a toda la catedral. Lo ha hecho situando sus agradecimientos en el propio sentido de la Eucaristía: «La Eucaristía es siempre una acción de gracias que elevamos a Dios por todos los dones con que nos alimenta, y sobre todo por el de su Hijo presente en las especies eucarísticas a través de las cuales nos regala su misma vida».
Sus primeras palabras han sido para Dios y para la Virgen María: «Quiero dar gracias en primer lugar al Señor por la llamada al sacerdocio y por la historia de salvación tan bonita que está haciendo conmigo. Gracias también a la Virgen María, que nunca me suelta de su mano y me acoge con ternura cada vez que me pierdo en el camino».

Enrique ha recordado después a su familia, a sus amigos y a las numerosas personas y comunidades que han acompañado el crecimiento y discernimiento de su vocación. Ha dado las gracias a sus padres, a sus hermanos y demás familiares; a su cuadrilla; al obispo y al presbiterio al que desde hoy pertenece; y también a los diáconos, recordando que «el sacerdote nunca deja de ser diácono y que por tanto, sigo estando llamado a servir y a dar mi vida por Dios y los hermanos».
En su recorrido agradecido han aparecido también los colegios Marianistas y Erain, la Universidad de Navarra y el Colegio Mayor Belagua; la pastoral juvenil y los jóvenes, monitores y responsables con los que ha compartido camino; y las realidades de Bartimeo, Effetá y Emaús.

Ha tenido palabras de gratitud igualmente para el seminario, sus trabajadores, profesores, compañeros, directores espirituales, formadores y rectores, así como para todos los lugares en los que ha desarrollado su labor pastoral durante los años de formación: Hondarribia, la parroquia de San Ignacio, la comunidad del Cenáculo, Aiete, San Sebastián Mártir, el cementerio de Polloe y las religiosas de la Obra Misionera de Jesús y María. También ha agradecido al Camino Neocatecumenal el amor por la Palabra de Dios recibido en él.
Bergara y su primer destino pastoral
Especialmente emotivas han sido sus palabras dirigidas a las comunidades en las que recibió su primer destino como diácono y en las que continuará ahora su servicio ya como sacerdote.
Enrique ha dado las gracias a los fieles de las parroquias de San Pedro y Santa Marina de Oxirondo, en Bergara; San Miguel Arcángel de Angiozar; San Andrés de Elosua; Nuestra Señora de la Piedad de Antzuola; y la Asunción de Nuestra Señora de Elgeta, además de las hermanas de “Stella Matutina”.
Y se ha dirigido de manera particular a quienes entregan su tiempo y su vida al servicio de estas comunidades: «Eta bereziki, eskerrak eman nahi dizkizuet errealitate hauetan zuen denbora eta bizia ematen duzuen guztioi: monitore, irakurle, koruko kide, katekista eta parrokietan zenbait beharretan laguntzen duzuenoi. Eta nola ez, eskerrak eman Karlos Ostolazari bere lanagatik eta Imanol nire parrokoari bere pazientzia, jakinduria eta maitasunagatik».

Son esas comunidades las que continuarán siendo ahora uno de los primeros lugares concretos en los que Enrique podrá vivir aquello que el obispo le ha pedido durante la ordenación: querer al pueblo que le ha sido confiado, caminar junto a él y entregar su vida en el servicio cotidiano.
Una alegría que mira también hacia el futuro
Las últimas palabras de Enrique han ampliado todavía más el sentido vocacional de la jornada. Antes de concluir ha querido anunciar y celebrar la entrada de un nuevo joven en el seminario diocesano.
«Finalmente, quiero dar la enhorabuena a Ander Díaz. Después de un tiempo sin vocaciones, por fin tenemos a un joven que entra en el seminario. Y esto es motivo de alegría inmensa. Gracias Ander por tu sí valiente y confiado al Señor. Cuando uno responde con generosidad a Dios, Él le devuelve el ciento por uno. Cuenta con nuestra oración y rezad también por las vocaciones y por este pecador».

La catedral del Buen Pastor ha cerrado así una celebración de más de dos horas en la que la alegría por el nuevo sacerdote ha ido de la mano de una llamada renovada a rezar por las vocaciones y a confiar en que Dios continúa llamando.
La petición pronunciada por Mons. Fernando Prado al terminar su homilía resume el deseo con el que toda la Iglesia diocesana acompaña desde hoy su ministerio:
«Hoy recibimos un regalo. Cuídalo, Señor. Haz de Enrique un sacerdote según tu corazón. Que celebre con fe, que predique con verdad, que escuche con paciencia, que perdone con misericordia, que acompañe con ternura, que sirva con humildad y que quiera profundamente al pueblo que le encomiendes».
Ya como presbítero de la Diócesis de San Sebastián, su vida queda puesta al servicio del Pueblo de Dios que peregrina en Gipuzkoa.
- Descarga aquí la homilía completa del obispo en PDF.
- Descarga todas las fotos aquí (subida en proceso)
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